Siempre lo digo: nos enseñan una y otra y otra vez cómo no envejecer y nunca cómo sí hacerlo. Y esa es la realidad: estamos envejeciendo cada día que pasa.

Los libros, revistas y sitios web están (estamos) llenos de remedios para que el tiempo no pase por nuestros cuerpos y rostros, pero esto es imposible, el tiempo pasa nos guste o no.

Al parecer, la vida se hizo para los jóvenes y son ellos los que discriminan por edad a los mayores. Claro, las frases «ya estoy muy viejilla» no ayudan, pero ¿cuántas veces no hemos ido a una entrevista de trabajo temiendo que nos rechacen solamente por nuestro año de nacimiento?

Aprender a envejecer

Es que no nos preparan para envejecer. Nos preparan para ser adolescentes, para ser universitarios y hasta para ser profesionistas. Hay escuelas para padres, para ser mamás solteras, para muchas etapas de la vida, pero la inevitable, la que nadie puede evadir pasa desapercibida.

Porque envejecer es sinónimo de «ya no». Ya no puedo tal cosa, ya no puedo tal otra. Ya no estamos para nada. Ya debemos vestirnos recatadas y ¡ay de ti si no te pintas las canas! O si no usas botox para estirar las líneas de expresión, ¿cómo te atreves a estar arrugada natural?

Más allá de lo que la sociedad nos dice, el discurso interno es terrible. Porque no sabemos cómo lidiar con ello.

Por eso, hay que aprender a envejecer.

Ya sea que seas modelo como Pino Montesdeoca o actriz o científica o secretaria, cada una hace sus reglas de cómo queremos vivir cada etapa de la vida. Sí, también después de los 40 hay «etapas en la vida». ¿Se fijan cómo todo se aglutina después de esa edad? Como que todo parecería igual, excepto dos hechos: ser abuelos y retirarse. Lo que pasa más allá de eso es una bola gris de quién sabe qué.

Pero pasa y mucho.

Por eso, yo sugiero que desde niños enseñemos a envejecer. Enseñemos lo maravilloso de cada etapa y que, con nuestro ejemplo, mostremos otras maneras de vivir ese proceso inevitable de contar arrugas en nuestro rostro.

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