Del feminismo al Man Box, todo mal en los extremos…

Casi a diario me encuentro con textos que sugieren -y algunos que exigen- ejercer el feminismo desde un lugar absoluto de defensa de las mujeres, que denote la sororidad por encima de cualquier circunstancia y que el apoyo de y hacia las mujeres sea incondicional sin importar o no, que realmente sea válido o genuino.

En este contexto, me parece importante regresar al significado de la palabra «feminismo», para rescatar el espíritu del concepto y dejar de deteriorarlo con interpretaciones erróneas.

¿Qué es el feminismo?

«Feminismo. Del latín femĭna (“mujer”), es la doctrina social favorable a la mujer. Se trata de un movimiento que exige que hombres y mujeres tengan los mismos derechos: por lo tanto, concede al género femenino capacidades antes reservadas sólo a los hombres.»

Ser «feminista» y ostentarse como tal, no es defender y apoyar a las mujeres sin ton ni son.

El feminismo es un conjunto heterogéneo de movimientos políticos, culturales, económicos, y sociales que tiene como objetivo la búsqueda de la igualdad de derechos entre HOMBRES y mujeres.

Es verdad que las mujeres seguimos enfrentando circunstancias que representan una brecha importante entre los beneficios y consideraciones que tienen los hombres y que nosotras aún no conquistamos…, pero es verdad también que a veces es una falsa bandera que ondeamos para defender lo indefendible: porque también hay mujeres manipuladoras, patanas (si cabe la definición), abusadoras… y ellas no caben dentro del término purista de feminismo.

Cuando se ejerce o se exige practicar el feminismo desde este lugar; pierde poder, pierde credibilidad. NO se trata de someter a los hombres para que las mujeres sobresalgan, se trata de intentar lograr igualdad o equidad de condiciones donde todavía no existen. No es aplaudir los comportamientos destructivos de otras mujeres (hacia ellas mismas o hacia los hombres), tampoco de aplaudir alianzas que destruyan relaciones de confianza o la imagen de terceros, porque somos mujeres y eso es sororidad: eso, igual que en los hombres, es una conducta abusiva y ridícula que deteriora el concepto y hasta lo invalida.

¿Hes escuchado del Man Box?

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En el otro extremo está el denominado «Man Box», este término en inglés que infiere que los hombres deben de comportarse de cierta manera para manifestar su masculinidad: no ser sensibles, no demostrar sentimientos nobles o emociones que los hagan parecer débiles o tibios. Se trata de una construcción social, de una etiqueta que pretende encasillar a las hombres en un lugar determinado que a veces tiene poco o nada que ver con su ser y su sentir…

El término «Man Box» se utiliza por algunos investigadores sociales para describir la forma «dominante» de masculinidad, la denominada «Masculinidad Homogénea» acuñado por Mark Greene desde el 2013.

El término implica un conjunto de rígidas expectativas, percepciones y comportamientos de lo que se espera de un «hombre», como si se tratara de un nivel jerárquico superior en una escala no definida.

Y cuidado si los «hombres» no se comportan como hombres de verdad…

Y es cuando en este momento histórico vamos confundidos (hombres y mujeres) interpretando términos y etiquetas sociales de manera acomodaticia: las mujeres entendiendo la palabra «empoderamiento» como un permiso sin límite para que sus conductas puedan incluso volverse antisociales e inaceptables en términos de convivencia social, queriendo ejercer su libertad de acción y de expresión por encima de otras personas, sean hombres o mujeres y exigiendo un respeto y una protección donde no lo dan o donde no lo merecen… Esas mujeres que sufren más de lo que reconocen porque piensan que el poder va en el constante rompimiento y defensa a veces, hasta de causas que solo existen en sus mentes… Y los hombres, muchos de ellos (pobres hombres, escrito con compasión) con la exigencia superlativa de demostrar fuerza, entereza, determinación, habilidades físicas y emocionales excepcionales, sin poder tener el derecho a decir abiertamente: «no sé», «no quiero», «no me gusta», «no entiendo», «no gracias»… etc.

¿Nos damos cuenta de que ambos extremos nos dañan como sociedad?, no solo en nuestras relaciones personales de pareja, el daño se extiende al ámbito laboral, al familiar, al social en todos los aspectos. ¿Queremos seguir así? ¿Queremos seguir formando niñas luchonas, guerreras, que renuncien a su feminidad o que luchen por defender el feminismo sin entenderlo, viejas fuertes ovarios de plata?… ¿Queremos seguir criando hombres machos pecho peludo, lomo plateados, sin sentimientos ni emociones?

¿Dónde quedó eso de «seres humanos»?

Mujeres y hombres somos personas, falibles, podemos equivocar el rumbo y cometer errores, lo que no nos faculta para atacar al género opuesto en una guerra que busque cómplices.

Convertirnos en adultos lleva una grado importante de madurez que se nota en la responsabilidad de nuestra toma de decisiones: a veces vamos a atinarle, otras no, pero vale, hay que levantarse, reconocer el error, evitar cometerlo de nuevo o hacer lo que corresponda para aprender de la situación.

Personalmente me parece que ondear las banderas de feministas para salirnos con la nuestra en contextos sin sentido no va, tampoco que los hombres lo hagan «porque son hombres». ¡Qué flojera! ¡Qué hueva!… vamos siendo más maduros, más responsables emocionales, ya no cabe acusar al de enfrente por todo lo que nos hace, dejemos de repartir las culpas y vámonos haciendo cargo de nuestro sentir. Esto nos va a llevar a construir relaciones más estables, más genuinas, más valiosas, sin pretensiones ni esperanzas que no tienen una razón de ser.

No me mal interpreten, soy feminista en el término purista de la definición, pero no defiendo a mujeres que usan esa bandera para querer justificar una bajeza o una decisión mal tomada de la cual fueron responsables. Tampoco lo hago con los hombres… y yo, yo me he equivocado muchísimas veces, seguro no he terminado de hacerlo, pero la honestidad no es ir destruyendo al otro con nuestros argumentos, es construirnos a nosotros mismos con nuestras verdades.

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