Si las mujeres supiéramos verdaderamente lo que puede embellecernos física y psicológicamente el sexo, no solo buscáramos practicarlo con más frecuencia sino que sin duda escogeríamos mejor a nuestras parejas. 

Por: Perla Crespo-Izaguirre 

El caso es que sí, el sexo tiene poderes especiales que pocas conocemos ya sea por mojigatería, porque lo circunscribimos solo a lo reproductivo o simplemente por ignorancia. Lo cierto es que darle la espalda a sus amplias facultades es definitivamente un desperdicio, porque según los entendidos la sanación es uno de sus atributos menos conocidos y más desdeñado.  

Según explica la doctora María Gabriela Santini, directora de la Escuela Sexualidad y Espiritualidad, cuando se tiene buen sexo generamos endorfinas capaces de fortalecer nuestro sistema inmunológico y de producir cambios increíbles en todo el cuerpo. Y es que las llamadas hormonas de la felicidad hacen que nuestro organismo trabaje de una manera casi mágica. Estudios revelan que después de un orgasmo nuestra piel se oxigena produce más elastina lo que la hace lucir más joven, fresca y tersa.  

Pero, el efecto psicológico que subyace del sexo es tal vez lo más importante. El sexo placentero causa un estímulo gigante en el autoestima de la mujer. Como por arte de magia su actitud cambia, un aire de prepotencia (yo le digo sabrosura) nos envuelve y entonces nuestra postura se endereza, y al tener los omóplatos abiertos, nuestros senos se alzan y la cintura parece empequeñecerse y la cadera se bambolea al son de una sinfonía interna que anuncia a los de afuera que el disfrute circula por todo nuestro ser.

¿Qué se necesita para ser Galatea?

El poder embellecedor del sexo nada tiene que ver con el tiempo, posiciones o cantidad de orgasmos. No. Su energía transformadora yace en su disfrute; en ese permitirse descubrir la belleza de nuestro cuerpo a través de la apreciación sensorial del cuerpo ajeno.

Desafortunadamente, las personas y en especial las mujeres nos dejamos envenenar la mente con una serie de patrones sociales, culturales y físicos que restan encanto al goce sexual. Así pues, o no estamos suficientemente delgadas; o no somos sexys o peor seremos objeto de algún celestial castigo o del cruel señalamiento social si parecemos tan siquiera sucumbir ante el placer primario del sexo. Todo lo anterior no es más que tonterías y posturas retrogradas que en especial a las mujeres nos reducen a una muy limitada cuota del placer. 
Pero para develar la magia real del sexo, debemos autocelebrarnos. Nuestro cuerpo es perfecto tal y como es. Flaco, con curvas o con cicatrices es un templo que profanamos con el descuido y el irrespeto, con la comparación injusta y destructiva, con el desconocimiento de sus potencialidades.

El sexo es energía pura, vibración alquímica que empodera y mueve, y si bien su poder se robustece con el amor, su inexistencia no prela la materia. Es decir, a veces para tocar el cielo solo se necesita “química” mezclada con respeto mutuo y complicidad, elementos suficientes para que los divinos efectos del placer hagan su aparición.

Y la causa genera un efecto. Las cabezas se voltean, los piropos llegan con fluidez y una sensación de redescubrimiento nos envuelve en un desparpajo que el sexo, con su efecto Pigmalión, nos regala al hacernos salir del claustro de la cotidianidad para devolvernos a la vida siendo la Galatea de nuestros propios sueños.

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