Los hijos nos convierten en las mejores personas del mundo, claro que sí, su mirada de admiración incondicional logra que queramos ser la mejor versión de nosotras mismas. Pero también sacan lo peor, reconozcámoslo. Hay días que veo en mis hijos todos los defectos de mi esposo, de mi suegra y de todo su árbol genealógico. Por desgracia, también veo los míos.

Dicen que los hijos son nuestros maestros, y creo que es por esto de la genética. Los pobres vienen al mundo con nuestras manías, nuestras fobias, nuestro carácter y hasta nuestras obsesiones. Por eso no hay nada peor que ver a tus hijos pasando por donde tú ya pasaste, con la misma falta de habilidades y herramientas que tú tuviste en tu infancia. Esa es la razón por la que las mamás somos tan pesadas: sabemos bien que lo del karma no es ninguna broma.

Así que nos la pasamos con lo de “a tu edad, yo…”, reviviendo nuestras experiencias mientras les vemos estrenar las suyas. A mí eso me pone muy malita. Me harto a repetirles cómo han de hacer las cosas para no tropezar en la misma piedra que tropecé yo, y nada. Ellos erre que erre. Siguen con su amiga abusona, con su mala postura cuando se sientan, lavándose los dientes como si fueran a romperse, descalzos por el piso en invierno, sin gorra en la playa en verano, sin comer verduras y hartándose a pizza.

Les veo tan equivocados en tantas cosas, y quiero corregirles tanto… Para que no lo pasen mal, para que se enmienden antes de que sea tarde y no se les deforme la columna vertebral, para que no se les caigan los dientes a cachos, para que no agarren la gripe y, sobre todo, para que su amiga abusona no les lleve a repetir curso.

Ellos siguen su curso natural, o sea, van a lo suyo, desoyen todos mis consejos, se ríen de lo exagerada que soy y cuando empiezo con lo de “yo a tu edad…” ponen cara de saberse el cuento de memoria.

Creo que siempre seré madre primeriza, porque en cuanto me convierto en senior de una etapa, ¡zas!, ya hemos pasado a la siguiente, de la que no tengo ni idea. Pero hay algo que siempre ocurrirá: he de dejar que cometan sus propios errores, limitarme a ser su red de malabarista, para que cuando se caigan se hagan el menor daño posible. Esto es el más difícil todavía: acompañarlos sin intervenir, dejando que aprendan de su propia experiencia y no de la mía. De esta última quien ha de aprender soy yo, pero de eso hablaremos otro día, que yo a su edad…

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