El provocativo estilo de vida de Margaretha Zelle, una vez asumida su identidad artística como la bailarina exótica Mata Hari, la puso en contacto con mucha gente de poder, en especial, con hombres que desde diferentes trincheras ejercían influencia sobre sus contextos.

Por: Roberto Rodríguez Mijares

Era, sin duda, una posición privilegiada, más aun cuando se piensa que ante sus obvios encantos y talentos, estos caballeros caían rendidos sin ningún remedio; siempre había que tomar en consideración el afán de esta mujer por vivir en el lujo, que le hizo perder la perspectiva de los riesgos reales, tácitos en el manejo de información confidencial bélica.

Fue así que Margaretha se vio de pronto sumergida en un mundo –quizás a sabiendas, quizás no– lleno de intrigas y gente dispuesta a todo. Para ella, lo realmente importante eran sus amantes, no su filiación ideológica. Hay quien sostiene que una vez que se dio cuenta de que la información que manejaba era tan valiosa, decidió de lleno involucrarse como espía en el juego bélico, mientras otros dicen que fue una víctima circunstancial de su momento.

Los cierto es que apenas comenzó el siglo, la presencia de Mata Hari era habitual en refugios de soldados y políticos de todo el mundo. Sus amistades, protectores y amantes, estaban por toda Europa. Nunca abandonó su carrera artística, por el contrario, le sirvió de excusa perfecta para moverse por todo el continente con el pretexto de tener presentaciones en cuanto salón o tugurio había.

Con las justificación de «ser una artista», tenía ciertas prerrogativas, incluso en momento de tensión geopolítica. Además, los padrinazgos que sobre ella recaían, la ayudaron a sortear estos escollos sin mayor problema.

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Detención

Se dice que los alemanes enviaron cierto telegrama cifrado, en el que se hablaba de un agente del bando alemán, el H-21, que se trasladaría a París y que sacaría una alta suma de dinero de un banco Comptoir d’Escompte. Esta comunicación fue interceptada por los galos con cierta antelación. Con la alerta dada, fue muy sencillo para las autoridades francesas montarle una cacería a Margaretha.

Las fechas y el acto –aunque nunca le fue dado el dinero que formaba parte del pago por sus servicios– coincidieron con la vuelta de Mata Hari a París. Ella dijo a las autoridades francesas que había viajado para conseguir un visado especial para el tránsito por el territorio en guerra, y poder visitar a un soldado ruso de 23 años herido en combate, de quien estaba profundamente enamorada. Se trataba de Vadim Masloff, un joven militar ruso destinado en Francia.

Apenas la detuvieron, el 13 de febrero a las siete de la mañana en el número 103 de la avenida de los Campos Elíseos, fue recluida en la prisión de San Lázaro a las afueras de París, donde permaneció encarcelada durante varios meses antes de su juicio. Cuando fue interrogada, presentó repetidas contradicciones en las diferentes declaraciones que rindió.

Se dice

Se dice que en su detención, la precaria línea que dividía la realidad de la ficción en su mente, terminó por difuminarse. Acostumbrada a mentir sobre su vida, sus orígenes y su persona, la farsa se generalizó en otros aspectos, hasta el punto de traicionarla cuando intentó argumentar su inocencia. Los desvaríos y delirios de grandeza estaban igualmente presentes, aunque ya no llevara provocadoras túnicas o brillantes tocados y accesorios.

Como anécdota, se cuenta que el día de su captura le fue concedido tiempo para asearse y cambiarse, pero al cabo de unos pocos minutos, Mata Hari regresó totalmente desnuda y repartiendo bombones a sus captores, en un casco prusiano que un general alemán le había regalado años atrás. Se trataba de una desesperada acción por disuadirlos, y demostrarles sus contactos con las altas esferas del poder.

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Últimos años

Durante el juicio, toda su vida fue expuesta a la opinión pública, e inevitablemente salieron a relucir sus no pocas aventuras con militares de ambos bandos. Eso no ayudó a su causa. Adicionalmente, se le trataba como culpable para justificar los errores de Francia en la guerra, apoyados en la principal de opinión que reprochaba su vida licenciosa y llena de lujos en una época de penurias.

Algunos biógrafos defienden la tesis de que fue usada como un chivo expiatorio, cuando en realidad no había pruebas concluyentes. Si bien ella reveló ciertos datos sobre algunos movimientos militares germanos, y comunicó al enemigo movimientos de tropas francesas que conocía por la prensa de París, todo apunta a que no era una espía importante o significativa.

No obstante, fue acusada por Francia de haber sido entrenada en Holanda, por una escuela especializada para ello, y ser la causante de la muerte de miles de soldados. El juicio terminó con una sentencia de muerte.

Margaretha esperó inútilmente la llegada de un indulto presidencial francés hasta el último momento, el cual nunca llegó. El día de su ejecución, el 15 de octubre de 1917, la otrora Mata Hari –de 41 años de edad– fue llevada frente al pelotón de fusilamiento en el castillo de Vincennes.

 

 

 

Después del mito

Dentro de los mitos que rodearon su vida, algunos señalan que los soldados tuvieron que ser vendados para no sucumbir a sus encantos. Los hechos dicen que fue vestida de forma sencilla, y pidió no ser vendada o atada. Antes de morir, se despidió de sus captores con un beso lanzado con la mano. De la docena de militares que le dispararon, apenas cuatro acertaron las balas, una de ellas, que le atravesó el corazón y le causó la muerte de manera instantánea.

Su cuerpo no fue enterrado, y ningún familiar reclamó su cadáver. En vista de eso, fue donado a la escuela de medicina local, para estudios de anatomía, como se acostumbraba en ese entonces. Su cabeza –con el pelo teñido de rojo– fue embalsamada y estuvo en el Museo de Criminales de Francia hasta 1958, año en el que fue robada. Nunca más se encontró.

La hija de Margaretha Zelle murió dos años después que ella, poco antes de un viaje que tenía planificado hacer a Java.

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La película

Hay una película que consolidó su carrera como actriz, cuando protagonizó a la mítica Mata Hari, en 1931. Se trata del film de  George Fitzmaurice, protagonizado por Greta Garbo, ícono de los años treinta, junto a otras grandes intérpretes de sus días, como Katherine Hepburn y Marlene Dietrich. Con el mismo nombre que el de la espía, esta película supuso para Greta el reconocimiento porque dio una imagen no solamente hermosa de una mujer que conquistó por sus atributos, sino porque suprimió del todo sus andares masculinos, para deslumbrar a todos, casi palideciendo al resto del elenco; a excepción de  Lionel Barrymore, quien da vida a ese general ya maduro, perdidamente enamorado y obsesionado con Greta Garbo, perdón, Mata Hari.

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Lee la biografía entera en nuestras ediciones noviembre y diciembre, parte I y II.

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