No tiene nada de malo NO estar ocupados y tampoco tiene nada de malo no estar siempre felices.

De pronto parece que la sociedad nos obliga a dos cosas para que podamos sentir que pertenecemos y que todo va bien con nuestra vida y nuestras decisiones, y son: estar ocupados y ser felices.

Así, en nuestras redes sociales todo va de mostrar que estamos en mil cosas, el mismo día, en diferentes lugares y siempre siempre felices. ¿O no?, ¡total! qué importan el tráfico o la inseguridad o la carga laboral o nuestros sentimientos frente al estrés personal que nos cause lo que sea en nuestra vida… ¡No vayan a darse cuenta de que somos personas y que tenemos malos ratos!

Nada de eso importa, hay que fingir que somos felices…

Tampoco está padre que alguien te llame (bueno te escriba por WhatsApp), y te pregunte: «¿Qué haces?» Lo obligado es responder las 10 cosas que estás haciendo, las que hiciste antes y lo que sigue al terminar de escribir…, vaya que vamos en cámara rápida por la vida, sin pausa, sin aliento y sin construir sobre lo importante.

¿Acaso ya se nos olvidó aquello de que lo bueno toma tiempo, que lo que vale la pena cuesta, que menos es más y de lo bueno poco?

¿Qué nos hace sentir tan fuera de la realidad y de la vida (según nosotros) si nos detenemos un momento, un tiempo, unas horas, unos días y bajamos la velocidad? ¿Por qué nos da miedo mostrar las emociones reales de enfado, cansancio, tristeza, frustración? Nos damos cuenta de que tenemos el ahora denominado  «FOMO» por sus siglas en inglés (Fear of missing out) miedo de quedar fuera y que todo gira alrededor de «aparentar» ser felices.

Yo creo que no va por ahí…

 

En la historia de la humanidad los seres humanos han necesitado adaptarse a las malas situaciones y hemos evolucionado en la resiliencia. Para que nuestro cerebro encuentre soluciones precisa sentir las emociones en profundidad y ojalá en consciencia. Para que nuestro cuerpo se recupere del esfuerzo físico requiere de descanso, el sueño. Pedagogías como Waldorf, Reggio Emilia y Montessori coinciden en que los niños para aprender necesitan pasar de la actividad a la pausa (que si ponemos atención, de eso se trata respirar: inspirar y expirar) y reconocer sus emociones, nombrarlas y experimentarlas.

 

Veo a muchos adultos en la búsqueda de la felicidad permanente, como si fuera un estado en el tiempo futuro o un lugar, y en tanto no sienten alcanzarla, los veo pretenderla.

La felicidad en realidad, es una elección y es por momentos, existe dentro de la imperfección y del caos, existe en los momentos adversos y se da en las situaciones menos inesperadas, pero para reconocerla hay que sentirla, vibrarla y disfrutarla. Si la fingimos, corremos el riesgo de no reconocerla cuando está al alcance de nuestras manos. No tiene nada de malo NO estar ocupados y tampoco tiene nada de malo no estar siempre felices, si vamos profundo, es sanador: buscar la calma, apartarnos de vez en vez, ir hacia adentro, reconocer lo que no queremos, lo que nos hace daño, lo que no nos suma.

Yo crecí en los tiempos en que mi madre me repetía: «Y si tus amigos se avientan del puente, ¡¿tú también?!» Me daba risa, pero es verdad: somos adultos y muchas veces caemos en la tentación de ir con la corriente de lo que hacen los demás y hoy por hoy, todos están ocupados, todos hacen millones de cosas, todos son felices, el pasto de enfrente es mas verde que el mío… ¿Y saben qué?, no es cierto. Enseñamos lo que queremos y vemos lo que queremos, los sentidos y la memoria son selectivos. Menos es más, no es una moda, puede ser un estilo de vida, uno que baje la velocidad de nuestro tren y si conocemos la calma, eventualmente nos sentiremos más tranquilos y por lo tanto, más felices.

Personalmente he aprendido a disfrutar de no estar siempre ocupada y a no estar siempre feliz y de esos momentos he creado proyectos, conocido nuevas personas, tomado decisiones.

Te lo recomiendo, sin miedo. No quedas fuera de nada si aprendes a estar contigo, y si tienes tiempo… lo tienes todo.

 

 

 

 

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