Cuando eres niño todo es más sencillo. Es probable que en muchas ocasiones te encuentres recordando esos momentos de tu infancia o de tu adolescencia donde la amistad era muy importante. Pero con el pasar del tiempo y con la llegada de la adultez, las cosas se complican y hacer amigos también.

La mayoría de las personas sufre un bache de relaciones cerca de los 30 años y puede durar una media de 20 años. Ya para esta época están los hijos, la pareja, el trabajo, el cuidado de familiares mayores y probablemente el tiempo para hacer nuevos amigos ya sea muy poco.

En un artículo publicado en la revista Hopes&fears, el psicólogo Daniel Wendler, autor de Improve your social skills, nos explica cómo se produce este deterioro en nuestras relaciones: 

«Como adultos aprendemos a esconder nuestros verdaderos ‘yos’ a los demás. Cuando era niño, le contaba a mis amigos mis secretos. Lloraba frente a ellos. No tenía miedo de decirle a nadie que era mi mejor colega y que lo necesitaba. Pero cuando crecí aprendí a levantar muros. Aprendí que si me comportaba como realmente era a muchas personas podía no gustarle, que si le contaba algún secreto a alguien, este podía decírselo a otro. Aprendí que si presentaba una imagen filtrada y feliz de mí mismo podía evitar muchos rechazos, ir a fiestas y eventos sociales, divertirme y luego llegar a casa y sentirme solo porque nunca nadie vería la persona que realmente soy».

¿Muros? Sí, cuando creces es necesario levantar esos muros; es parte de ser adulto. «El problema está en que muchos adultos olvidan cómo volver a abrir las puertas«, completa Wendler.

Todo se complica con la llegada de las redes sociales: los expertos hablan de la «digitalización de las amistades». El muro se crea a una edad cada vez más temprana, por lo tanto la época de espontaneidad se pierde más rápido.

Marisol Delgado, psicóloga y especialista en psicoterapia por la European Federation of Psychologists Associations (EFPA), afirma que:

 “aunque las redes sociales han multiplicado la posibilidad de conocer gente, también han desvirtuado la forma de hacer amistades y mantenerlas. Los adolescentes adoptan actitudes propias de adultos y, en ese escaparate que es Facebook, muestran su mejor perfil, crean un personaje. Se busca más la cantidad de amigos que la calidad. Tras la consigna de la inmediatez, no hay tiempo para cultivar relaciones, quedar con alguien, profundizar. Se buscan efectos inmediatos y, si no se consiguen, se da por perdida la interacción y se salta a otra”.

Todo esto nos lleva a la pérdida de habilidades sociales. Solo imagina que el mundo amanece sin conexión a internet. ¿Qué harías? Habría que poner en práctica las capacidades de intuición, la interacción y la comunicación. Piensa un poco: durante la Segunda Guerra Mundial estas habilidades de relacionarse que hoy se ven amenazadas marcaron la diferencia entre sobrevivir o perecer en un campo de concentración nazi.

Recientemente, la escritora Krysti Wilkinson publicó en The Huffington Post un interesante artículo titulado Somos la generación que no quiere relaciones. Aquí, la autora se encargó de analizar las nuevas normas para establecer amistades. No todos los males surgen de las redes sociales, sino de nosotros mismos. ¿Cómo hacemos amistades?, ¿Qué buscamos?, ¿Cómo hacemos para coquetear? A estas cuestiones la autora respondió:

“Queremos la fachada de una relación, pero no queremos el esfuerzo que implica tenerla. Queremos cogernos de las manos, pero no mantener contacto visual; queremos coquetear, pero no tener conversaciones serias; queremos promesas, pero no compromiso real; queremos celebrar aniversarios, pero sin los 365 días de esfuerzo que implican. Queremos un «felices para siempre», pero sin esforzarnos aquí y ahora. Queremos tener relaciones profundas, pero sin ir muy en serio. Queremos un amor de campeonato, pero no estamos dispuestos a entrenar. Queremos descargarnos a la persona perfecta para nosotros como si fuera una aplicación nueva; que puede actualizarse cada vez que hay un fallo, guardarse fácilmente en una carpeta y borrarse cuando ya no se utiliza. No queremos abrirnos; o, lo que es peor, no queremos ayudar a nadie a abrirse”.

Bien: crecimos, somos adultos. Somos exitosos y al parecer lo tenemos todo en nuestras vidas. Pero ya no recordamos mucho lo que era hacer y compartir como amigos. Nos convertimos en islas, apartadas en nuestros asuntos. Recuerda que hacer amigos en cualquier etapa de la vida fortalece nuestras habilidades de «afrontamiento, sentimientos de autoeficacia, sensación de satisfacción. La amistad amortigua el estrés y el impacto negativo de las cosas, al mismo tiempo que nos ayuda a madurar”, así concluyó la psicóloga Delgado.

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