La celebración del Día del Niño se me antoja para reconocer que en todo ser humano (hombre o mujer) existe un «algo» que muchas veces detona (por decir lo menos) nuestras emociones y la forma en que reaccionamos en la vida frente a un sinnúmero de circunstancias y ese «algo» es para mí, «mi niña interior».

Crecer y madurar como personas supone superar y entender una serie de situaciones para las que con el transcurso del tiempo, se entiende que estamos más preparados. Frases sobre la infancia hay miles, y constantemente me cacho (siendo mamá de cuatro), invocando o repitiendo esas frases… que suenan a algo así: «Enseña a los niños y no tendrás que castigar a los hombres» (Pitágoras); «El medio mejor para hacer buenos a los niños es hacerlos felices» (Oscar Wilde); «La vida es la infancia de nuestra inmortalidad» (Goethe); «Es mas fácil criar niños fuertes, que reparar adultos rotos» (Frederick Douglas)…

Y así, muchas otras frases y palabras que vienen a mí siendo adulta, reconociendo que a veces por dentro me siento como «niña» o cuando observo a mis hijos y veo la clase de responsabilidad que significa criarlos.

Y es que, para bien o para mal, conscientes o no de ello, nuestra infancia ha marcado o al menos ha trazado una huella importante en nuestra vida, que las más de las veces nos acompaña por siempre. Esto no quiere decir que todos tenemos «algo negativo» ni que tampoco «infancia sea destino», lo que quiero reconocer es que al menos en mí -en diversas ocasiones- mi «niña interior» cobra fuerza y se manifiesta a pesar de mi, Karla adulta que soy, y creo que ello no tiene que ver con la edad sino con las vivencias y emociones en sí mismas, les comparto algunos ejemplos:

  • En mi vida adulta me he sentido «niña» varias veces. Esto ha sido en situaciones positivas y otras no tanto: cuando murió mi papá, hace casi 8 años, no fue solo la pérdida inesperada y para cual nadie nunca está listo, pero además un sentimiento de orfandad que estrené en el mismo instante en el que me enteré y que no me ha abandonado. Yo era más que adulta, mamá de tres y en ese momento y muchas veces mas, fui una niña que perdió a su papá…
  • Cuando he llevado a mis hijos al parque y tengo la oportunidad de experimentar lo que es subirme a un columpio, lo hago sin dudarlo y la sensación de felicidad y de libertad son únicas al balancearme, sentir el aire en la cara y mirar al cielo… Puedo jurar que me resetea por completo y para bien, y que en ello practico realmente el «aquí y el ahora» como los niños.
  • Cuando veo a mi hermana (porque vive en el extranjero) y corro a abrazarla y han pasado meses -a veces años- desde la última vez. Es como volver a tener 10 y 7 años cada una y gozarlo todo sin ninguna pose ni reserva de emociones.
  • Cuando me recuesto en el suelo, en el pasto, en la arena, en la nieve… y veo el techo o el cielo: nubes, estrellas, buscando formas o cuando descubro el tamaño y el color de la Luna, no pienso en romance… pienso en qué habrá ahí arriba, si acaso son verdad los cuentos y las fábulas de mi infancia; si existe una olla de oro al final del arco iris… y eso me abstrae de esta vida adulta que abraza más las preocupaciones que el gozo.

También he tenido momentos en los que el miedo se instala en la madrugada y me da miedo sacar el pie de la sábana o ir al baño en medio de la noche, otras veces me da miedo ir de copiloto en auto y sentir que puede pasarnos «algo». O quiero acariciar sin control a un cachorro ajeno donde sea que lo encuentro. O tomar un juego de colores y dibujar sin límite de tiempo y sin tema alguno… Pero también he tenido la gana y la necesidad (quizá más la segunda que la primera) de hacer de pronto un buen berrinche, de pegar un grito sin límite o de tirarme al suelo como si ello hiciera que el mundo se pare (me he tirado al suelo y el mundo aún nos se ha parado)…

Con todo lo anterior NO quiero decir que nos infantilicemos (la verdad es que este mundo necesita y mucho, de adultos responsables, que realmente se comporten como adultos y que realmente sean responsables), lo que quiero es literalmente «reconocer» que en mí coexiste una niña que también soy yo y que aún tiene muchas dudas, muchos sueños, muchas preguntas, muchos miedos y algunas cicatrices frescas. Una niña que no veo todos los días porque soy una mujer adulta, una señora que además es madre de 4 niños, pero esa niña interior a veces sale a la superficie con alguna canción, la despierta un recuerdo provocado por un un aroma en la cocina o un sabor entre mis labios. Es esa niña la que me hace creer muchas veces en todas las cosas imposibles al despertar como «Alicia en el país de las maravillas»; la que quiere tener muchas mejores amigas y creer que «eso» también es posible, pero sobre todo, sostenible o deseable para todas las partes involucradas. Es la que ve en mi mamá una mujer de hierro, llena de vitalidad, infinita en el tiempo y en su existencia, antes de que yo la reconozca como una mujer, que al igual que yo, no se hace más joven.

Mi niña interior gusta de andar descalza, del olor de la tierra mojada, del algodón de azúcar que se deshace en la boca sin culpa alguna.

Es la quiere correr detrás de un trozo de papel que baila en el aire imaginando que algo importante hay escrito en él; es la quiere bailar como si nadie la viera, o la que pretende que aún puede aprender gimnasia en sus tiempos libres (que no tiene).

A mi niña interior se le antoja todo lo dulce y todo lo inútil del mercado, quiere acercarse a un desconocido de vez en cuando y confiar en él o en ella, quiere acabarse el bote grande de palomitas sin pensar que además se le antoja algo extra de comer y meterse en la tienda de campaña con mis hijos a hacer nada por horas…

Me da por pensar que a veces, quiero hacerle más caso a mi niña interior, quiero decirle lo bien que hizo las cosas siendo ella y que siento mucho que haya sido tan aprensiva y preocupona solo por ser la hermana mayor, porque al final era un niña y no podía resolver (ni lo hizo) nada de adultos.

A veces también miro a mi niña interior con ternura y con orgullo porque de alguna manera me sigue representando, lo cierto es que en personalidad no cambiamos mucho al crecer: nos siguen encantando las flores en todo (prints, tapices, arreglos, pinturas), las dos queríamos ser mamá desde siempre y lo logramos y hoy tenemos 4 preciosos niños; amábamos leer y seguimos compartiendo el gusto y la imaginación que resulta tras leer un libro, solo que ahora, me limito más al contarlo en voz alta…

Le reconozco que haya sido estudiosa y le doy las gracias por ser tan precavida, no hay huesos rotos que lamentar ni marcas en el cuerpo que nos recuerden momentos de susto. No tengo reclamos para ella, quizá por ahí pedirle que simplemente disfrute más, que mentalice menos, que la vida es una y se va mas rápido de lo que cree.

Sí, ya sé que entre los 7 y los 15 años el tiempo parece ir a paso de tortuga, pero luego de los 25 se te va como agua, así que quiero decirle que no corra; sí llega, todo llega, no hay prisa.

También quiero darle (secretamente) algunos gustos, esos que espero al proyectarme con mis hijos, no les hagan daño (no es la intención), voy de a poco en cosas menores como dejarlos jugar por horas sin intervenir en los juegos, como creer que tienen más capacidad de la que demuestran según su edad, como permitirles usar su mejor prenda de ropa o el zapato incombinable cuando quieran porque quieren y como dormir con ellos sin límite porque sé que el miedo llega cuando eres niño y no se parece a un monstruo sino a una angustia que no conoces y que aparece de solo tener abiertos los ojos en la oscuridad.

He pasado tiempo reconociendo a mi niña interior sin estacionarme en ella, sin reprenderla, sin juzgarla. Solo observando y aprendiendo quizás un poquito más de ese ser que dio vida a la mujer que soy hoy. Gracias querida Karla por no parar de soñar, de jugar, de llorar por lo que importa, por sentir y exigir tanto. Gracias por no parar de leer y de escribir y por aún hacerme espacio en tu mente y en tu corazón, nos falta; espero, algo de vida que seguir compartiendo, entre tanto sigo aprendiendo de ti. Y te abrazo y te miro feliz, lo hiciste bien, espero honrar tu camino y hacerlo también, algo mejor.

Karla Lara

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