Banner-Kena-Horoscopos-2021-Descarga-Revista

Los miedos se presentan desde las primeras etapas de la vida, los niños más pequeños temen a cosas que los adultos vemos como simples, pero que para ellos, pueden ser difíciles de superar. Identificar esos temores y ayudarlos, es parte de nuestra responsabilidad como padres.

Cuando me convertí en madre, después de los 35 años, se multiplicaron mis miedos. Todos los temores salieron a flote con un solo propósito: mantener a mi cría a salvo. Es lo que los psicólogos definen como instinto de superviviencia básico.

En la naturaleza, es la «madre» la que generalmente vela por su cachorro para protegerlo. Las mujeres también refuerzan la auto-protección, por aquello de: «No puedo dejar a mis retoños, antes que sean independientes». Pero el miedo como mecanismo de defensa o instinto maternal, es diferente a los temores típicos de la niñez.

Qué pasa con los miedos de la infancia. ¿Hasta que punto son normales?

Cuántas veces hemos escuchado: «Los hombres no le temen a nada, no tienes por qué llorar si estás solo en tu cuarto» Y/o «?Cómo vas a creer que hay un monstruo debajo de la cama o en el clóset?» Lo cierto es que estas historias son más comunes de lo que creemos y el responder de esta manera a nuestros hijos es un grave error.

Mi hijo tuvo casi un año con pesadillas. No quería dormir solo y apenas llegaba la noche hacía lo imposible por alejar el sueño.

Su miedo recurrente era que su papá o yo no estuviéramos. Ante la situación, consulté a una psicóloga infantil, quien me enseñó que los miedos infantiles son normales y durante las diferentes etapas del crecimiento van cambiando.

Cuando eres pequeño, puede asustarte un sonido fuerte, algún animal o lo más común: la oscuridad. Pero cuando te haces mayor, tus temores también crecen o cambian contigo, y resultó ser que los niños entre 8 y 12 años TEMEN perder a sus padres. Es uno de los miedos que más se presenta.

¿Qué podemos hacer? ¿Es sano tratar de borrar los miedos y educar a niños «Fearless»?

Primero que nada nunca debemos DESVALORIZAR los miedos. Decir: «No pasa nada» cuando el niño se siente inseguro no es recomendable. Debes DETECTAR los miedos propios y de tus hijos para trabajarlos en familia.

En mi caso, conversamos sobre la vida y que es natural que los padres se despidan primero que los hijos. Pusimos como ejemplo a los abuelitos o amigos mayores, pero enfatizando en que como familia estaremos unidos hasta que se presente «el momento». También buscamos ayuda en personas como mi abuela, quien a sus 100 años, pudo convencer al bisnieto que ahora es que hay vida por delante. El resultado fue inmediato y se acabaron las pesadillas.

Ahora bien, pretender educar erradicando el miedo, también puede ser un error.

La psicóloga me recomendó cambiar la palabra TEMOR por PRUDENCIA.

Hacer entender a los niños que existen situaciones que pueden ponernos en peligro es NECESARIO. No es tener miedo a hacer algo, es ser PRUDENTE a la hora de tomar una decisión. Y eso se extiende a todo lo que hagamos en la vida, tanto en nuestra niñez como cuando llegamos a ser adultos y nos convertimos en padres.

Por otra parte, puedes utilizar la imaginación y las historias. Por ejemplo, el tema de la oscuridad es fácil de abordar si lo vemos desde el punto de vista de la naturaleza. Habla de lo bello del día, pero también de la noche.

Hay mucha literatura de apoyo. Los cuentos también son buenas herramientas para despejar los miedos.

En definitiva, siempre vamos a sentir miedo, somos humanos y es parte de nuestra naturaleza, pero como familia debemos estar atentos a los temores de nuestros hijos. Nunca debemos dejar de escucharlos, aunque la historia suene trillada. Pretender que ellos oculten sus sentimientos es un gran error. Y no se te olvide, estar pendiente o filtrar el contenido que ven en redes sociales, internet o la simple televisión. Muchas veces la mayoría de los miedos infantiles vienen de «agentes externos».

Ah, y no dudes en consultar a un especialista si lo crees necesario. Escucha tu vocecita interior, mejor conocida como instinto maternal, a mí me funcionó.

Comparte tu opinión