Si me siguen en Instagram (si no, nada más píquenle aquí) sabrán que comparto fotos de mi hija, Vale y su pasión por la gimnasia. Más de una vez me han preguntado cómo descubrí e inculqué en ella el gusto y el hábito por este deporte, hoy tengo la oportunidad de contarles la historia.

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Foto: cortesía Jaz Mendoza

Vale, desde su primer día de vida, ha sido una niña demandante. Cuando era bebé lloraba todo el tiempo y se privaba fácilmente si no se le daba de comer de inmediato, también porque no se le cambiaba el pañal o se le cargaba rápido, y cuando no se podía dormir; en fin, cualquier necesidad o incomodidad la hacían enojar hasta rasguñarse la carita y jalarse los pocos cabellos que tenía.

Conforme crecía, se acentuaba su temperamento. Los berrinches eran el pan de cada día, las noches sin poder dormir más frecuentes, los manotazos más habituales, la hiperactividad más constante; incluso, aún no sabía caminar y, cuando me descuidaba, la encontraba trepada en la vitrina o en el juguetero.

El día que se aventó por las escaleras (decía que era su resbaladilla), supe que tenía que hacer algo, no tenía claro qué, pero fue la señal de alerta. Traté con los baños nocturnos, con masajes y aromaterapia, entre otras cosas, y nada funcionó. No sé qué era más fuerte, si la preocupación, la desesperación o la frustración que sentía. Pero un día, como por arte de magia, mi intuición de madre despertó y me condujo hacía el deporte. Entonces, comencé a llevarla a clases muestra de todo tipo de disciplinas: yoga, ballet, jazz y taekwondo, hasta llegar a la gimnasia. Supe que esta era la opción porque, además de que salió feliz, fue la primera noche, después de tres años, que no despertó en ningún momento y cuando se levantó lo hizo de buen humor.

Este fue el comienzo de un cambio positivo para ella y un alivio para mí, pues por fin pude regular su sueño, establecer rutinas y dormir un poco.

Después de un año de practicar gimnasia, el salón donde tomaba clase ya le quedaba pequeño, Vale quería subirse a los aparatos y aprender lo que hacían las gimnastas en YouTube. Tenía sólo cuatro años, sin embargo, su evolución era tan notoria que la escuchamos y comenzamos a buscar gimnasios; no me lo van a creer, pero nos tuvimos que mudar de casa e inscribirla a otro colegio, al otro lado de la ciudad, para que pudiera entrenar en la escuela de gimnasia que nos había convencido.

Total, que este año, Vale cumple un lustro practicando esta actividad. Actualmente, entrena dos horas diarias, más natación y ballet dos veces a la semana, y forma parte del equipo de gimnasia de su escuela y compite en torneos regionales. Con seguridad les digo que, además de la educación, el deporte es la mejor inversión que pueden hacer para la formación de sus hijos.

Cortesía Jaz Mendoza

El deporte y sus beneficios en los niños

Nadie me lo contó, yo lo he visto y vivido durante el tiempo que Vale lleva entrenando. Los niños que practican alguna disciplina:

  • Llevan una alimentación más nutritiva y balanceada.
  • Tienen un chequeo médico periódico, aunque no estén enfermos.
  • Duermen y descansan mejor.
  • Desarrollan un mejor control de sus emociones.
  • Tienen más tolerancia a la frustración y aprenden a ser más resilientes.
  • Sueñan y piensan en grande.
  • Mejoran su concentración.
  • Fortalecen sus huesos y músculos, pero también su espíritu.
  • Aprenden valores como la dedicación, el esfuerzo, el sacrificio, la constancia, la confianza, el compromiso, la responsabilidad, el respeto, la tolerancia, la integridad, la solidaridad, el compañerismo, la ilusión, la pasión, el valor y el agradecimiento.

Desde mi rol de madre, el deporte me ha dado mucho, es la medicina que ha ayudado a Vale a controlar su temperamento, pero también a formar su carácter y llevar un estilo de vida saludable. Además, está llena de sueños y no le importa hacer sacrificios para llegar a ellos. A veces, cuando tiene un mal día, se desanima, pero regresa con más espíritu. Amo su ilusión, sus ganas, su consciencia, su pasión y el control que está adquiriendo de ella misma.

Deseo que esta breve anécdota les sirva. Observen a sus pequeños, tal vez esa irritación, dificultad de atención, cambios de humor, ansiedad y falta de sueño, esté gritando “mamá necesito moverme”. Háganle caso a su intuición.

 

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