El feminismo es un movimiento social y político que busca igualdad de derechos sociales y jurídicos entre hombres y mujeres. Para conseguirlo, es necesario señalar que los roles de género y los estereotipos sociales alimentan la diferenciación y vulneran la libertad de decidir de las mujeres. Y en ese camino lo mismo se cuestionan los estándares de belleza, que los modelos de familia y muchísimas otras expectativas ajenas que las mujeres cargan sobre los hombros.

No, no estoy dictando clase ni mucho menos, simplemente me parece muy importante recordar la esencia del feminismo.

Partiendo de esta definición – que para nada pretende ser la más pulida ni la más exhaustiva – resulta muy inquietante, por decir lo menos, la pretensión de impulsar un modelo de feminista. Es decir, cada vez son más voces dentro del movimiento que gustan de definir qué tan feminista es una u otra persona de acuerdo no solo a su posicionamiento ideológico sino incluso, basándose en decisiones personales de vida.

Sí, como lo acaban de leer.

Este coro de mujeres que ha retumbado alrededor del mundo exigiendo que las dejen salir del molde y decidir qué personas quieren ser y qué tipo de vida quieren vivir, se ha ido poblando, de poco en poco pero de manera constante, de voces y dedos que acusan cuando identifican a alguien que se sale del molde de feminista que ellas mismas han ido construyendo y posicionando filas adentro.

Es cada vez más frecuente visitar perfiles de colectivos feministas donde se registran sendos enfrentamientos entre compañeras con opiniones encontradas, lo cual no está mal en sí mismo pues la diversidad de opiniones enriquece siempre cualquier organización. Lo que me parece que no hace sentido es que esas discusiones versen en torno a qué decir, cómo decirlo, comportamientos aceptables e incluso la manera en que una u otra lucen.

Imagen de Red Dot

El feministómetro

Al interior de la lucha feminista existe un instrumento intangible pero muy presente para medir qué tan feminista es cada una. Los indicadores de medición varían entre una operadora y otra pero van desde la defensa de espacios totalmente libres de presencia masculina y el uso correcto del lenguaje inclusivo, hasta decisiones tan personales como casarse o no, el modo de relacionarse afectivamente, la manera en que se vive la maternidad, creencias de fe, el uso de tacones y maquillaje; sin dejar fuera cuestiones que son verdaderamente íntimas tales como la elección de accesorios para enfrentar los periodos menstruales y preferir la depilación o no.

Y pobre de la compañera que tenga la osadía de contradecir a otra de postura radical, porque le llueve de todo tipo de adjetivos: alienada, machista, aliada de los hombres, cómplice del patriarcado, etc.

Mención aparte merecen temas de fondo tales como el rechazo a todo tipo de prostitución y la inclusión de mujeres trans en el movimiento. Estos dos temas han marcado quizá las escisiones más profundas en este activismo pues las protagonistas de cada una de las posturas han llevado su defensa mucho más allá de la arena digital registrándose incluso enfrentamientos físicos y agresiones entre distintos grupos.

Y en medio de todo la pregunta me parece válida ¿quién gana en estos enfrentamientos?

No tengo una respuesta que abarque todas las variables, lo que tengo claro es que el feminismo, no.

Y repito lo que mencioné antes: La variedad de voces enriquecen una organización, pero señalar, discriminar y marginar a compañeras que deciden vivir el feminismo a su manera, contraviene dos principios básicos de la ideología feminista: la deconstrucción y la sororidad.

Del primero diré que todas, repito, todas las integrantes del movimiento feminista estamos en un proceso de DECONSTRUCCIÓN. Es decir, seguimos cuestionando verdades que durante mucho tiempo consideramos inamovibles y vamos modificando aquellas que ya no combinan con nuestra visión igualitaria ni con nuestros lentes morados, pues. Cada una decide qué cambios hace, en qué momento los hace y de qué manera los integra a su propia vida. No hay un recetario. Y lo más importante, nadie es producto terminado.

Respecto a la SORORIDAD solo diré que si como colectivo perdemos la capacidad de comprensión, contención y acompañamiento respetuoso del proceso de cada una de las integrantes, no hemos entendido nada.

Suficientemente cansado es luchar contra todos los grupos de afuera. Bastante trabajo tenemos ya con tener que enfrentar con argumentos a todos los que nos llaman feminazis, aborteras, resentidas, odia hombres y demás denostaciones de las que somos objeto quienes públicamente nos autodenominamos feministas.

Yo soy de las que opina que si una persona cree que la desigualdad entre hombres y mujeres es injusta y está dispuesta a colaborar para revertirla, esa persona tiene un lugar en nuestra causa, sin importar el sexo con el que haya nacido, su identidad o preferencias sexo afectivas, ni mucho menos las decisiones personalísimas que tome respecto a su propia vida.

Al feminismo no se le pueden olvidar los principios de NO DISCRIMINACIÓN.

¿Eso me hace una feminista fuera de molde?

Ojalá no, porque eso significaría que existe uno. Solo uno.

El patriarcado no se va a caer, lo vamos a tirar. Y para conseguirlo todas las manos que estén dispuestas, deben ser bien recibidas.

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