Violencia digital

Una imagen compartida en redes sociales puede convertirse en contenido íntimo que nunca existió. No hace falta que la persona retratada haya participado ni haya dado su consentimiento. Solo hace falta alguien con malas intenciones y acceso a herramientas de inteligencia artificial generativa. Aunque la imagen pueda ser falsa o manipulada, la vulneración de su privacidad y el daño que puede ocasionar son reales.

Los llamados deepfakes son imágenes o videos creados o manipulados mediante inteligencia artificial generativa que muestran a personas en situaciones que nunca ocurrieron. Su uso para producir contenido sexual sin consentimiento constituye una grave forma de violencia digital que vulnera la privacidad, la intimidad y la autonomía de las mujeres.

La facilidad con la que hoy pueden crearse y difundirse estas imágenes ha llevado la discusión más allá del ámbito tecnológico y la ha convertido en un asunto de creciente preocupación pública. En el centro del debate está el derecho de las mujeres a decidir sobre su propia imagen y a que sus decisiones sean respetadas, también en los entornos digitales.

De acuerdo con un informe de 2024 de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), que retoma investigaciones de Sensity AI, entre el 90% y el 95% de los deepfakes analizados correspondían a contenido pornográfico no consentido, y alrededor del 90% representaban a mujeres. En México, según el Módulo sobre Ciberacoso (MOCIBA) 2025 del INEGI, el 21.5% de las mujeres usuarias de internet de 12 años o más experimentó alguna situación de ciberacoso.

Las mujeres que fueron víctimas de estas agresiones

El 34.6% manifestó haber sentido miedo.2. Detrás de estas cifras hay niñas y mujeres que enfrentan situaciones de exposición, acoso e intimidación cuyas consecuencias van más allá de las pantallas. La creación y difusión de imágenes íntimas sin consentimiento pueden afectar su vida personal, social y profesional y, desde luego, su libertad para participar en los espacios digitales sin temor a que su imagen sea utilizada en su contra.

“Que una imagen haya sido creada con inteligencia artificial no significa que el daño sea artificial o menos real. El consentimiento también es digital y no desaparece cuando entramos a internet.Una fotografía pública no es una autorización para utilizarla de forma violenta y , mucho menos para crear contenido sexual. Todas y todos tenemos derecho a decidir cómo se utiliza nuestra imagen, dentro y fuera de las pantallas”, explica Angie Contreras, vocera de Mujeres Vivas, Mujeres Libres.

La respuesta frente a estas agresiones no puede ser limitar los derechos digitales de las mujeres, el problema no radica en lo que las mujeres comparten o publican en internet. La responsabilidad es de quienes usan las herramientas digitales para crear, difundir, vender o utilizar el contenido generado para amenazar y ridiculizar los cuerpos de las mujeres.

Deepfakes

Deepfakes

Responsabilidad de empresas

La responsabilidad también es de las empresas de redes sociales y plataformas que siguen permitiendo el uso de sus herramientas para la creación de contenido sexual sin consenitmiento y de las instituciones quedeben contar con mecanismos efectivos para prevenir y atender estas formas de violencia. Lo que está en juego no es solamente la privacidad, sino también la autonomía de las mujeres: la libertad de decidir sobre su cuerpo, su intimidad y su imagen, de establecer límites y de que estos sean respetados, también en los espacios digitales.

“Nos han enseñado a tener cuidado con lo que compartimos, con lo que publicamos y hasta con las fotografías que nos tomamos. Pero ¿por qué la responsabilidad siempre termina recayendo en nosotras? No deberíamos tener que limitar nuestra libertad para evitar que alguien más vulnere nuestros derechos.  El consentimiento también significa que nuestras decisiones y nuestros límites sean respetados”, señala Lizeth Mejorada, portavoz de Mujeres Vivas, Mujeres Libres.

Enfrentar la violencia digital exige medidas concretas: información accesible, mecanismos efectivos de prevención y protección, herramientas para denunciar y responsabilidades claras para quienes desarrollan, ofrecen y utilizan estas tecnologías. La inteligencia artificial puede fabricar imágenes, pero no consentimiento. Que algo pueda crearse no significa que exista el derecho a hacerlo. 

Consentimiento digital

Consentimiento digital

La autonomía frente al algoritmo: el impacto psicológico y social de los deepfakes no consentidos

El fenómeno de los deepfakes con fines de explotación sexual no solo representa una agresión a la intimidad, sino que desencadena una profunda crisis en la salud mental de quienes los padecen. Cuando una mujer descubre que su rostro ha sido superpuesto en contenido pornográfico, el impacto suele compararse con el de una agresión física en el ámbito analógico.

Experimenta un estado de hipervigilancia, ansiedad crónica, ataques de pánico y, en muchos casos, aislamiento social por temor al juicio de su entorno laboral, académico o familiar. La revictimización se agrava porque la circulación masiva en la red crea una sensación de pérdida total de control: el contenido nunca desaparece por completo del ecosistema digital, perpetuando el trauma a lo largo del tiempo.

Más allá del daño individual

Esta forma de violencia digital actúa como un mecanismo de disciplinamiento patriarcal. Al vulnerar el derecho básico a la propia imagen, se busca silenciar a las mujeres, limitar su participación en espacios públicos y coartar su libertad de expresión en internet.

Cuando las redes sociales y foros toleran este tipo de material bajo el pretexto de la libertad creativa o la innovación tecnológica, envían un mensaje claro: los espacios digitales siguen siendo hostiles y de acceso condicionado para nosotras.

Es urgente transitar hacia un marco de ciberseguridad con perspectiva de género. Esto implica que las plataformas tecnológicas implementen protocolos rigurosos de moderación y desarrollen marcas de agua digitales o sistemas de trazabilidad que impidan la manipulación maliciosa de rostros. Asimismo, los sistemas de procuración de justicia deben capacitarse para tipificar y sancionar adecuadamente estas conductas sin criminalizar a las víctimas.

Proteger el consentimiento digital no es una limitación a la tecnología, sino una condición indispensable para garantizar la dignidad humana en la era de la inteligencia artificial.

Violencia digital

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Fuente: Vivas y Libres, modificado por Mariel Gadaleta 


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