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Hace 25 años cambió para siempre la vida de la tenista yugoslava Mónica Seles. El 30 de abril de 1993, la entonces número 1 del mundo, de apenas 19 años, fue apuñalada por un espectador alemán en el torneo de Hamburgo. Después de aquello, la tenista sufrió depresiones, ansiedad y obsesión por la comida.

En 1990, con sólo 16 años, ganó Roland Garros, y antes de cumplir los 20 ya atesoraba ocho títulos del Grand Slam (tres Open de Australia, tres Roland Garros y dos US Open) y se había convertido en la gran estrella del tenis mundial.

Monica Seles, campeona de Roland Garros a los 16 años

Ese 30 de abril de 1993, en los cuartos de final del torneo de Hamburgo, Seles dominaba el partido ante la búlgara Magdalena Maleeva por 6-4 y 4-3 y se dispuso a sentarse en su silla para el respectivo descanso. Ese momento cambió para siempre su carrera y su vida. Un perturbado se le acercó por detrás y le clavó un cuchillo ante el estupor de quienes se encontraban presentes. Günther Parch, un alemán de 38 años, obsesionado con Steffi Graf, a quien Seles había batido en el circuito WTA.

Pese a que la herida en su espalda cicatrizó en pocas semanas, las secuelas psicológicas la mantuvieron alejada de las pistas más de dos años. No reapareció hasta el Open de Montreal de 1995 y, pese a la larga inactividad, su regreso fue espectacular: ganó el título sin ceder un solo set y sólo 14 juegos en cinco partidos, ante rivales de la talla de Anke Huber, Gabriela Sabatini y Amanda Coetzer.

En su 21 cumpleaños, cuando debería estar batiendo récords en la pista, se pasó la noche comiendo una caja de galletas y llorando. “La comida era mi única terapia», dijo.

Seles volvió a las pistas con un evidente sobrepeso. 15 kilos de más provocados por un trastorno alimenticio que no le impidieron seguir ganando partidos, pese a su menor movilidad y su falta de chispa y alegría sobre la pista.

 Monica Seles, con problemas de sobrepeso por culpa de un trastorno alimenticio

“Yo era una tenista y una persona feliz” escribió en su autobiografía Getting a grip (Dándome tregua), “pero durante diez años perdí esas dos identidades”.

A los 35 años, fue incluida oficialmente en el Salón de la Fama del Tenis Internacional durante una ceremonia en las canchas de césped de Newport, Rhode Island.

Hoy vive en Tampa (Florida) con su marido, Tom Golisano, un empresario 32 años mayor que ella y ejerce como portavoz de tratamientos para combatir la adicción a la comida.

A sus 44 años, considera que vencer aquellos demonios y aquellos hábitos destructivos es, por encima de todos sus títulos, el mayor triunfo de su vida.

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