De plano estoy loca.

Conocí a Eduardo el sábado.
Nos fuimos a tomar un cafecito y en la plática salió el tema del deporte.

– ¿Qué te gusta hacer?, me preguntó.
– Bailar, le respondí.
– ¿Nada más?, agregó
– Bueno, también nado, patino, hago yoga, barralates, kangoo jump… hago muchas cosas, soy súper fit (jijiji la presumida no vino)

Y así fue como surgió la invitación para hacer la Triple Corona.
Traducción: 3 cumbres = casi 30 kilómetros = ¡¡¡más de 13 horas caminando sin parar!!!

CREENCIAS EXPANSIVAS

Somos lo que pensamos que somos y/o lo que nos dicen que somos.

Como yo me creo muy fit, y todo el mundo tiene la idea de que soy muy fit (porque subo videos bailando a mi Instagram), pues entonces me animé, y ahí voy, a practicar el senderismo por primera vez.

*Nota: ¡¡¡AMO hacer cosas por primera vez!!! Amo la sensación de que, sin importar la edad, la vida es expansiva, rica y divertida.

Total me compré unos tenis (no la mejor elección porque me resbalé tres veces, pero es lo que había, el Decathlon estaba cerrado), recogí mi súper chamarra abrigadora en casa de mi mamá y según yo me dormí temprano; 12 de la noche (es lo más temprano que me puedo acostar, lo prometo).

Lalito pasó por mí puntualísimo a las 5:30 am. Desmañanada pero bañada y muy entusiasmada, esperamos al resto del equipo en el Metro Polanco. Éramos una camioneta con 20 personas; recogimos a otras 6 en el camino.

Antes de subir, Eduardo nos propuso que hiciéramos un ritual para pedirle permiso a la montaña de subir. Yo decidí abrazar a un arbolito; aproveché para pedirle fortaleza.

LA TRAVESÍA

Más de 13 horas después (libres de ampollas, gracias al Dios de los Pies, aunque con un moretón mayúsculo en la pompa izquierda a causa de mis tres resbalones), te quisiera compartir las 3 lecciones que me dejó la Montaña:

EL BASTÓN DE CAMINATA. Yo le digo “mi palito”, pero el nombre oficial es bastón de caminata o trekking pole.

Sirve para dar estabilidad en terrenos difíciles, para impulsarte, para ayudarte. Yo no sé qué hubiera sido de mi vida sin mi palito (hablo en singular porque no usé dos, sólo uno y siempre lo traje en la mano izquierda).

De verdad te lo digo: sin ese palito mi experiencia hubiera sido 100% otra, mucho menos placentera, mucho más mortal. El palito me salvó de varias caídas, me ayudó cuando sentía que no podía más, me dio estabilidad cuando la tierra estaba muy resbalosa.

Mi pregunta es: en la vida real, ¿quién es mi palito? ¿Quién es tu palito? ¿Tus papás? ¿Tus hermanos? ¿Tu mejor amiga? ¿Tu mascota? ¿Tu trabajo? ¿Dios?

Te voy a confesar algo.

Creo que en la vida Dios nos pone diferentes palitos. Palitos por etapas. A lo mejor en la primaria fue aquella maestra que nos explicaba a solas lo que no entendíamos (para que no pareciéramos taradas frente a todo el salón). Quizá en la secundaria fue ESA amiga a la que le contábamos todo. Más adelante a lo mejor ese papel lo ocupó mamá o papá, o algún novio que nos contuvo en la etapa más rebelde de nuestra existencia.

Hoy por hoy, ¿quién es tu palito?

Y lo más importante, ¿le agradecemos a nuestro palito estar ahí para nosotros? Creo que sería lindo reconocer a la gente que nos sostiene, nos contiene, nos impulsa y alienta; reconocer y agradecer las personas que nos dan estabilidad en los momentos difíciles.

LA MOCHILA. ¡¡¡Ay, la mochila!!! Según yo la preparé ligerita, con lo indispensable, ¡¡y cuál!! Sentía que pesaba mucho, MUCHÍSIMO.

Hubo un punto en el que regresamos a la camioneta y dije “¿Qué le puedo sacar para que pese menos?”. Eliminé los guantes, el gorro, una lata de atún, las orejeras, las nueces… pero por más que veía al interior, ya no podía sacar más.

Cuando empezamos a subir la tercera montaña, yo sentía que la mochila me quitaba el 40% de mi poder, de mi energía. “¡¡Mochilaaaa!!, ¿por qué pesas tanto?”, le preguntaba (te digo que estoy loca). Entonces Diego me ayudó a llevarla por más de 7 kilómetros (¡¡gracias, Diego, neta me hiciste un súper paro!!).

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Peeeeero.

Ahí va el pero: la mochila no estorba. La mochila pesa, sí, pero no estorba. NO podemos NO llevarla. Yo no podría haber dicho: “Úchalas, pesa un chorro, mejor ¿sabes qué?, ¡sale bye!” y dejarla en la camioneta. Todo escalador y caminador sabe que a la montaña se lleva una mochila. Punto y se acabó.

¿Qué es la mochila en la vida real para mí? Los valores, las reglas que me rigen, la ética, la moral, los principios espirituales.

Es decir, muchas veces se nos va a presentar la oportunidad de actuar irresponsablemente o de mala fe. Y somos humanos, así que muchas veces la vamos a ca… regar.

Pero es la mochila, la energía que representa la mochila, la que me va a recordar: “Bianquita, sí estaría bien padre tener ese puesto, pero no porque tú lo quieras te vas a fregar a Fulanita”. “Bianquita, estaría a todo dar ser la tercera en discordia en esa pareja, total, ese matrimonio claramente no funciona, pero pa’ qué te metes en esa bronca”. “Bianquita, ¡¡nadie se va a dar cuenta si te robas esos pesos!! Y te servirían mucho, ¿pero sabes qué? Todo sale a la luz, y qué pena ser una ratera, nada como dormir tranquila”.

Lo que te quiero decir es que los valores, la ética, la moral, los principios, la neta a veces estorban, a veces pesan, PERO SON NECESARIOS. Son necesarios para sobrevivir, o como dice una amiga, para SUPERVIVIR.

Además, ¿qué? Dejo mi mochila y entonces ahí te encargo:
– Yaz, ¿me das un traguito de tu agua por fa?
– Caro, ¿me compartes de tu lunch plis?
– Mau, ¿me regalas un chocolatito?
– Lin, ¿de casualidad traes un sandwichito extra?
– Angie, ¿de puro churro traerás otra lamparita?

¡Osea no! Y mira que sí lo hice (jajaja, siempre se me ha antojado más el lunch del vecino), pero una cosa es por querer, y otra cosa es por necesitar (lamparita sí llevaba, jijijiji, MIL GRACIAS a Energizer por mandármela).

La lección de la mochila es que, aunque a veces sea incómoda, es necesaria.

Y cuando vemos que es necesaria, la dejamos de ver como una carga y la sentimos más como una aliada. Ahora, eso no implica que de vez en cuando dejemos que un caballero nos la lleve por unos cuantos kilómetros.

Un poco de ayuda nunca le hizo mal a nadie.

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EL RITMO. Te seré sincera. Toda la vida he pensado que “voy tarde”; a veces pienso que mis papás me consintieron mucho, que me dejaron “ser” demasiado. Nunca me obligaron a madurar, dejaron que yo me estrellara con el cristal pa’ que aprendiera solita y no en cabeza ajena. Nunca me forzaron a crecer más rápido. Me dieron mi tiempo y mi espacio.

Y aunque es algo que agradezco, de repente sí siento que voy tarde para todo: para conseguir el trabajo de mis sueños, para conocer al hombre de mi vida, para casarme y tener hijos (en una de esas ya ni puedo), para vivir en un depa increíble decorado a mi entero gusto… Corro y corro y no alcanzo la vida de mis sueños. ¿Te ha pasado?

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En la montaña hubo una chica, Caro (está junto a mí en la foto de arriba, y la adoré, por eso pongo su nombre y su carita) e iba echa la mocha. Encabezaba el equipo y lo peor es que no se cansaba, parecía hermana del conejo Energizer jijiji

Mientras yo me sentía golpeada por la vida, agotada y adolorida, aquella mujer parecía que recién había comenzado el recorrido.

Todos le empezamos a decir que nos cargara, que nos llevara, que nos pasara de su pila, que qué brownies se había comido antes de venir, que qué llevaba en su mochila… Y eso sólo empeoró la situación, ¡¡porque más rápido iba!!

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Por eso digo que también somos lo que otros nos dicen que somos; las palabras pueden ser reforzamientos positivos, es un principio básico de persuasión. Por ejemplo: si yo te digo que eres muy buena amiga y luego te pido un favor, lo más probable es que me lo hagas porque ya te predispuse a que eres muy buena amiga. Ahora lo tienes que ser, ¿me explico?

Anyway. También había un grupito que venía como 20 minutos atrás. Total que éramos una fila bastante larga, un pelotón muy disperso. Y a mí me preocupaba porque ya era de noche, estaba MUY oscuro y algunos no traían lámpara.

Entonces empecé a gritar como loca: “¡¡Somos un equipo, ¿eeeehhh?!! ¡¡Deberíamos ir juntitos!! ¡¡¡PORQUE SOMOS UN EQUIPO, ¿EEEEHHH?!!!”.

Fatal.
Lo sé.

La cosa es que finalmente bajamos del cerrito a las 9:30 pm.

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Esta foto es en la 3ra cumbre. Poco sabía yo que todavía nos faltaban cuatro horas para volver a casa.

Completamente devastada, llegué a mi casa, me fui a casa de mi mamá, me bañé y cené consomé de pollo. Caí rendida como pocos días, pero con una sonrisa gigante y muy meditativa.

Porque entendí que no vamos tarde. Nadie va tarde ni va temprano. Aunque a veces nos cueste creerlo porque nos comparamos y decimos “¡¡Madre santa del Señor sagrado!! Ve a esa chava, todo lo que ha logrado, y es más chica que yo. Qué oso”.

Es humano hacer esto, pero no por eso está bien, ni es recomendable, ni nos aporta nada bueno (a menos que lo tomemos como inspiración).

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Sé que es un post largo, así que gracias si leíste hasta aquí.

Honestamente podría seguirte contando mil y un reflexiones, anécdotas e historias, pero ya las iré dividiendo porque sé que tienes cosas que hacer.

Te abrazo, bruja.
Bianca

pd. si quieres vivir experiencias similares a esta, escríbele a Lalo en Instagram: @edu.azpiroz o visita su sitio web.

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