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Acoso laboral.
¿Lo has sufrido?

Yo lo he experimentado en diversas ocasiones. Afortunadamente tengo mala memoria para los malos ratos, entonces no los recuerdo –ni mucho menos los platico– con frecuencia.

Sin embargo, recientemente llegó a mi inbox un mensaje que decía: ¿Ya leíste esto?
Era un post de una excolaboradora de la revista Harper’s Bazaar, en donde se desahogaba sobre su recién despido. ¿La razón? Acoso laboral –“casualmente” de la misma persona de la que yo fui objeto en mi anterior trabajo– (¡que tanto me gustaba, caray!).

En cuanto lo leí se me empezó a hacer un nudo en el estómago. Recordé los malos ratos, los insultos, las humillaciones, las miradas de rechazo, las conductas pasivo-agresivas…

Y es que yo que siempre hablo de la importancia de hablarnos bonito y de lo trascendente que es estar conscientes de nuestro “Pepe Grillo”, esa vocecita que nos habla al oído y que a veces puede ser muy cruel e hiriente… ¿Qué pasa cuando nosotros somos lindos con nosotros mismos… y los demás no? Como en el caso de esta persona.

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Si poner límites ya me costaba trabajo, ¡¡me costaba aún más cuando se trataba de mi jefa!! Sobre todo que el trabajo me encantaba…

Antes de empezar

Primero que nada, déjame compartirte este texto que encontré en el libro “Los Secretos del Zóhar”, de Michael Berg, codirector del Centro de Kabbalah Internacional.

“Todo lo que te sucede es el efecto de algo que has hecho en esta vida o en una vida pasada; o puede ser una experiencia que se te brinda para ayudarte en tu transformación. En cualquier caso, lo que ocurre es exactamente lo que necesitas en ese momento. Una vez que comprendas esto, te resultará sencillo perdonar a aquellos que te han ‘hecho mal’. De hecho, la venganza será reemplazada por la gratitud”.

¡W·O·W!
Si necesitas, vuélvelo a leer.
Vale la pena 🙂

Recordando viejas heridas

Ahora sí te cuento algo que en su momento me lastimó mucho, pero que indudablemente me sirvió y me hizo más fuerte. Así que fuera de odiar a esta persona, le agradezco.

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«Lo que te mata te hace más fuerte». ¡Es cierto!

Recuerdo que me llamó a su oficina y estando sentada frente a ella, me dijo: “Te vistes para molestarme”. Me le quedé viendo con ojos de plato, “¿cómo dices, Luz?”. “Lo que oíste”, me respondió, “te vistes para molestarme, es la manera que tienes para mentarme la madre”.

Atónita, expresé: “No estoy entendiendo. ¿Tú crees que yo me levanto todos los días a las 7 de la mañana pensando en cómo vestirme… para molestarte?”.
–“Así es”, espetó.
–“¿Tú crees –agregué incrédula– que cuando yo abro mi clóset en las mañanas elijo lo que me voy a poner pensando en ‘mentarte la madre’?”.
–“Sí”, respondió una vez más.

Pero ahí no acaba la cosa.

Acto seguido se paró, se metió al baño y sacó un espejo de cuerpo completo. “Párate”, me pidió. Acá entre nos pensé que era broma. “Párate”, me dijo una vez más, así que lo hice. “¿Te gusta lo que ves?”, me cuestionó.

A decir verdad, siempre me ha gustado lo que veo. Soy bonita, alta, delgada, blah blah blah… Tengo buenos genes, pero consideré innecesario decirlo (nunca he sido buena para la confrontación), así que me quedé callada.

Cuando regresó a su lugar –y me invitó a hacer lo propio– me dijo nuevamente: “Tu manera de vestir es una mentada de madre, así que te pido que por favor renuncies”.

– “Está bien”, le respondí extrañamente serena. “Dame chance de buscar y me voy con mi ropita a otro lado”.

* Nota al lector. Mi ego me pide aclarar mi outfit de ese día: zapatos Isaac Mizrahi, jeans Gap recién comprados en Miami, blusa Banana Republic, bolsa Tory Burch. OK, no traía Chanel ni Carolina Herrera, ¡¡¡pero tampoco es como iba de pants!!!

¡Ah! Espera, ¡¡su respuesta fue la mejor!!

– “Nadie puede saber que ya no estás contenta aquí, así que primero renuncia y luego buscas”.

COMPLETAMENTE EN SHOCK

No voy a contar más porque no tiene caso, pero no tienes idea el daño que me hizo ese episodio. De un día para otro me volví insegura, desconfiada, mi autoestima se fue hasta el piso… Yo, que toda la vida he comprado mi ropa con mucho cuidado y gran ilusión, ¡¿me vestía “como una mentada de madre”?!

Ese comentario, si bien no es lo peor que me han hecho en la vida, sí fue un parteaguas. No sólo porque entendí que me podía sacar más partido (tomé un curso de imagen y todo el show), sino porque me hizo reflexionar sobre cómo algo 100% ajeno a nosotros (la manera de vestir de alguien), con la medida exacta de soberbia, puede volverse una ofensa personal. ¿Por qué pensar que todo gira a nuestro alrededor? ¿Somos acaso el centro del universo? ¡NO LO CREO!

Esta situación me hizo apreciar también que la gente auténtica, se vista como se vista, tiene “un no sé qué que qué se yo” que atrae y conquista a los demás; sin importar la marca, mujeres y hombres con un estilo propio cautivan y seducen.

La ropa comunica, sí, y debemos usarla a nuestro favor, pero un traje carísimo no nos hace ni más educados ni más inteligentes ni más generosos, tres factores que desde mi punto de vista son mucho más importantes que la etiqueta de nuestras prendas.

El otro día que una chica me preguntó cómo vestirse para ser considerada una buena editora de moda, me congelé. Pensé que era una broma, luego una prueba, pero al final me di cuenta que era una duda legítima. Así que con gran seriedad le dije: “Mientras tú te veas bonita y pongas tu 100% para lucir profesional, lo demás es lo de menos.

«Puedes echarle un ojo a las revistas, los blogs y quizá sea bueno comprar tres o cuatro piezas clave cada temporada, pero la magia no radica en vestirte de tal o cual marca, de tal o cual color. La magia está en encontrar tu esencia y transmitirla a través de las prendas, con tu estilo, tu sello, tu personalidad… y de acuerdo a tu presupuesto y tus posibilidades”.

Y eso mismo te digo a ti, querida lectora. No permitas que nadie te haga sentir como “una mentada de madre”, ¡en ningún aspecto! No cedas tu poder, esencia y autoestima; no te dejes convertir en algo que no eres. Ni qué decir de endeudarte para aparentar un estilo de vida para el que no te alcanza, ¡¡eso sólo te causará estrés e infelicidad!!

La falsedad –el famoso bluff– se nota, se percibe desde lejos… y da la peor flojera. Nadie empatiza con una máscara. Bueno, quizá otra máscara. ¿Pero cuánto tiempo puedes fingir ser alguien más? ¿Dos años, cinco años, ¡¡diez años!!? QUÉ CANSADO.

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Otra cosa que constaté con esta experiencia: «la boca habla de lo que está lleno el corazón».

DÁNDOLE VUELTA A LA PÁGINA

En mi opinión, ¿qué sí debemos hacer con comentarios amargos como el que me hizo esta editora? Tomarlos como una palanca para renovarnos, descubrirnos, revalorarnos, sacudirnos un poco lo que nos estorba a fin de crecer y convertirnos en mejores personas, en nuestra mejor versión.

Vernos bien por fuera, sentirnos bien por dentro. No está peleado lo uno con lo otro. ¡Hay que echarle ganas a la producción!, nadie dice que no pero, please, nunca permitamos que el juicio de alguien más nos arruine el día (¡mucho menos el mes o el año!). La vida es demasiado rica, divertida y valiosa para medir la felicidad en relación al precio de nuestros zapatos.

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