Por Arlett Mendoza

Cuando recuerdo a mi madre, casi siempre llegan a mí momentos felices y, curiosamente, la gran mayoría son de los últimos años juntas. Eso no significa que enfrentar al cáncer no fuera duro. Sin embargo, aprendimos que aún en la oscuridad, hay mucha luz. Fue nuestra decisión enfocar la atención en valorar la compañía mutua, el amor y la solidaridad; en lugar del miedo que nos acechaba. No fue fácil. La segunda vez que le diagnosticaron cáncer, yo lloraba cada noche. Prefería irme a la sala para que mi marido no se diera cuenta. Una de esas madrugadas notó mi ausencia y fue a buscarme. Cuando le dije por qué lloraba me pidió que respirara profundo, luego preguntó dónde estaba ella. En su cama dormida, le contesté. ¿En este momento le duele algo? No, pero me preocupa lo que vendrá después. Me dijo: esos son monstruos que solo existen en tu mente. Tú estás en casa conmigo y ella está con tu padre en la suya. Si tu imaginación vuela, regresa al presente.  

Casi siempre la realidad es más amorosa.  

Eso y la sonrisa de ella fueron mi abrigo durante las jornadas difíciles. Aún los días posteriores a la quimioterapia o, incluso, en el hospital. Cuando la desesperanza sobrevolaba, me repetía como un mantra: mientras ella esté conmigo todo está bien. Gracias a eso pude disfrutar de largas pláticas en las que conocí mucho más a esa guerrera, a esa mujer valiente, íntegra, optimista, honesta y amorosa que fue mi madre.

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