Cuando regresas de un viaje nunca eres la misma: te aporta panoramas distintos, te vuelves más empática y hasta más culta; aprendes mucho del mundo y de las demás personas; pero el objetivo de un viaje siempre, siempre, siempre, es aprender de ti, no importando si vas a turistear, a sacarte selfies en la Torre Eiffel o hacerte un retrato deteniendo a la Torre de Pisa, o si te fuiste a Los Cabos a ver ballenas, a Acapulco en Semana Santa o a caminar a un Pueblo Mágico.

 

¿Por qué viajas?

Para distraerte, para desestresarte, levantarte el ánimo, para llenarte de energía y sentirte feliz; para curiosear y conocer otra vida que no sea la cotidiana, para salir de la zona de confort unos días. Todo eso es crecer, porque sabes que no fuiste solo a comprar souvenirs o comer marquesitas en la banqueta del Paseo Montejo… Lo sabes.

Recientemente, regresé de un viaje en solitario a lo Julia Roberts en Eat Pray Love, porque necesitaba salir de mi recámara y mi solitaria oficina, y la verdad, de mis problemas. Me había enfrascado los últimos meses en mis crisis emocionales (¿qué te preocupa/frustra/agobia a ti?) y de plano, ya no me alcanzaba con la sicoterapia, las largas conversaciones con mis amigas, los ocho libros de autoayuda en el buró, el tarot, los aceites esenciales en el difusor, el ataque de Feng Shui y hasta mi nueva bicicleta para ejercitarme.

¿Qué me sacó de ahí? Largarme sola a un lugar que no conocía y que nunca se me hubiera ocurrido, me armé una agenda increíble de actividades locales y dejé las tardes libres, para poder respirar, lejos de todo aquello que me conjogaba. Renté un auto para recorrer los diferentes poblados de la costa de California.

 

Los roadtrips son un cliché por algo: en serio que manejar por la carretera (ok, no tienes que manejar, basta con que vayas sola en el autobús) te pone a pensar y a reflexionar porque no hay de otra; cuando te escuchas a ti misma, porque no hay con quién hablar (no, la doña del restaurante no cuenta, ni el bartender guapo) descubres solo te tienes a ti, aunque sigas conectada al Facebook

El silencio cura, es ahí cuando surte su efecto el viajecito para el alma: te ves a ti y solo a ti.

No regresé igual. Si bien mis problemas seguían ahí, los vi, finalmente, con otra perspectiva; obveeeeo que durante el viaje pensé en mis broncas, pero la distancia y el cambio de escenario me hicieron verlos con menos drama; obveeeeeo, también, que me dio por enviarle una postal a mi inmediato novio anterior en la que escribí un pensamiento muy honesto que no le había dicho nunca en persona, y le llegara o no, o cuándo sucediera, me tenía sin cuidado; al hacerlo me sentí liberada de él.

Creo firmemente que viajar sola es una necesidad durante muchos momentos de nuestras vidas, de la misma forma en la que viajar con tus amigas o con tu mejor amiga también es igual de necesario y alimenta el espíritu de forma única. ¿Quién no recuerda el viaje a Dubai de las cuatro fantásticas de Sex and the City cuando Carrie había sido plantada en el altar por Big?

Por supuesto que no necesitas esperar a que te rompan el corazón o te pase algo duro para que te lances a una aventura, bastan las ganas de comerse al mundo y de pasarla padrísimo; igual crecerás, igual volverás con nuevos bríos. Pero para que eso suceda, necesitas ir con la amiga perfecta para el plan –nadie quiere vivir Vacaciones en Roma con Chevy Chase (¿sí la han visto, verdad, chicas? ¿O ya estoy muy veterana?).

 

Yo, por ejemplo, me acomodo muy bien con mi amiga Paola Tinoco, porque compartimos aficiones y estilos de vida (tradúzcase en: nos gusta levantarnos tarde e invertir horas en largas comidas y mucho vino), tampoco nos peleamos aun cuando tengamos desacuerdos. También nos sabemos escuchar, cedemos en algunas cosas, y también se vale decirnos: “yo quiero hacer estoy hoy y nos vemos para comer”.

Ahora mismo, dos amigas cineastas se fueron a Europa de mochilazo para vivir todo aquello que quieren contar en sus películas. “¿Estamos locas por irnos con lo justo, las tarjetas hasta arriba y tan solo las ganas de vivir la aventura de nuestras vidas?”, dijeron.

Sí, están locas y no hay nada mejor que compartir la misma locura con alguien que quieres, puede ser un novio o tu familia, desde luego, pero las amigas somos cómplices, socias y pares. No hay expectativas ni exigencias, no hay compromisos ni reglas qué cumplir como cuando viajas en familia o en pareja (aceptémoslo, cuando te llegas a pelear con el novio en un viaje es lo peor del mundo y te arruina todo).

 

¿Saben qué fue lo más padre que vi en mi viaje? A dos mujeres que rozaban los 80, rentaron un bungalow junto al mío y se salían cada tarde a mirar el mar con todo y binoculares para ver delfines o ballenas pasar; se sentaban en la terraza y bebían vino tinto, mientras platicaban y se reían.

Yo quiero y espero ser ellas en los próximos años por vivir y deseo conservar a las amigas que tengo, cosechar nuevas y recrearlo. También espero seguir viajando sola para explorar, física y metafóricamente el mundo. Solo hay que escoger el momento de vida ideal para ir sola o acompañada. ¡Pero viaja! ¡Lo más que puedas! ¡A donde puedas! ¡Con lo que tengas!

Yo, diría una vieja canción, seguiré mi viaje (metáfora de la vida, ¿cierto?).

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