Esa manera desmedida, incondicional, obsesiva… muy conveniente para ser sometidas.

No es mentira ¿cierto?, lo he vivido y lo he visto padecer a más de una amiga, colega, familiar y extrañas en la calle, y algunos hombres también, historias que me entero y seguramente tú sabes a qué me refiero. El enamoramiento enorme y desbordado, ese que no tiene límites, ese que te rebasa a ti misma, el que no se cuestiona, el que da sin pedir, el que perdona todo, el que antepone al otro siempre, el que se traga el “no” y avienta un “sí”…. ¿suena romántico, verdad? Dicen que nosotras amamos así y que está bien…

La feminidad es el arte de ser servil. Podemos llamarlo seducción y hacer de ello un asunto de glamour. Pero en pocos casos se trata de un deporte de alto nivel. En general, se trata simplemente de acostumbrarse a comportarse como alguien inferior“. (Virginie Despentes).

A las mujeres se nos aplaude amar incondicionalmente, se nos empuja a entregar y ponernos de último. Dicen que eso es “nuestra naturaleza”. Pero más bien es socialmente que se espera eso, por ejemplo, de quienes son madres. Y ahí nos vemos, fletándonos unos berrinchazos y desplantes, criando unos delincuentes o perpetuadores del maltrato, hijos que reciben pero no dan. Gestando en la propia casa conductas de abuso y sometimiento con justificaciones del tipo pero “son la luz de mis ojos”, “están chiquitos”, “son niños”.

Me encantó cuando una compañera de mi trabajo pasado, que nunca recibía en su cumpleaños nada de su familia “porque no tenían dinero”, pero se desmedía y gastaba lo que no tenía haciendo fiestas para sus hijos y marido; los “obligó amorosamente” la noche anterior para que le hicieran un dibujo, una carta y le arrancaran una flor de la calle para regalársela al día siguiente… ¡pues hasta un huevo revuelto a medio cocer y un café pasado de azúcar recibió en su cama a partir de ese año!

¿Ni qué decir con la pareja?, esa idea novelesca del amor romántico, descontrolado, como de quinceañera que borra todo el rededor y que se le da cabida por encima de las citas con amigas, al cumplimiento y crecimiento de nuestra propia profesión, a la dedicación y culto de nuestro físico, que convierte a nuestras congéneres en dadoras de crianza, cuidados del hogar o meretrices seductoras… pero que no termina de realizarnos enteramente porque somos más que nuestra condición de parejas y madres… me encanta para esto la frase de Betty Friedman:

Ninguna mujer tiene un orgasmo abrillantando el suelo de la cocina

No es mi ánimo ponerme de la ultra feminista, o ese concepto de pronto tan mal entendido, hasta por mí misma. Solo quiero que revisemos juntas nuestra forma de amar y que sepamos que cuando se ponen límites, quizá se ama menos, pero se ama mejor. Y que así con eso queda “dinero amoroso” para emplear en nosotras mismas.

No nos enseñan a amarnos primero y se nos tacha de egoístas si no resolvemos o cargamos o aguantamos o consentimos, pero intentar “lograr” todo lo anterior nos termina poniendo en una posición de la mamá de los pollitos, o como diría Robin Norwood, psicóloga y autora del que personalmente llamo la biblia azul para nosotras: “Las mujeres que aman demasiado”: en víctima, perseguidora o rescatadora. Papeles nada felices ni prometedores. Entonces te pongo lo que esta terapeuta aconseja para recuperarnos de los amores desmedidos y empoderarnos:

Cada día haga dos cosas que no desee hacer, a fin de flexibilizarse y expandir su idea de quién es usted y qué es capaz de hacer. Defiéndase cuando pretenda fingir que no le importa, retome el punto que preferiría hacer a un lado. Haga esa llamada telefónica que ha evitado. Aprenda a cuidarse mejor y a preocuparse menos por los demás. Diga que “no” para complacerse, en lugar de sí para complacer a otro. Pida con claridad lo que desea y arriésguese a que le sea negado…”

Yo he amado demasiado en muchas ocasiones, por encima de mí misma, y aunque me asombra mi capacidad de dar, ninguna de esas relaciones terminaron bien. No era extraño entonces que al romper yo clamara a gritos por justicia divina o le pidiera al Karma que ya viniera a ser cobrado. Me decía “pero si yo di todo, di de más, aguanté tanto, dejé todo por ti, siempre estuve ahí para ti… ¡soy la incondicional de Luis Miguel!” Pero un día, de esos donde caen veintes y cambia todo, “conocí” a Simone de Beauvoir a través de esta frase que te dejo para cerrar:

El día que una mujer pueda, no amar desde su debilidad si no con su fuerza, no escapar de sí misma sino encontrarse, no humillarse sino afirmarse, ese día el amor será para ella, como para el hombre, fuente de vida y no un peligro mortal