Acabo de ver en el cine la película «The Father» («El Padre»), protagonizada por Anthony Hopkins, el actor de 88 años de edad y que por su interpretación en ella se hizo ganador de un premio Bafta (se dicen que equivalen al Oscar pero británicos). La obra escrita por el francés Florian Zeller, era para teatro, pero se adaptó para proyectarla en cine y el resultado es profundamente conmovedor y fuerte.

Una mirada diferente

De las enfermedades mentales se habla poco y el abordaje es mayormente desde el punto de vista clínico (síntomas, factores de riesgo, consecuencias), o tenemos miles de historias de los cuidadores (ansiedad, sentirse y estar exhaustos física y emocionalmente, a veces, perder sus vidas, trabajos, relaciones por cuidar del enfermo mental, desesperación por ver a la persona amada deteriorarse…), pero «The Father», nos muestra con toda realidad y crudeza lo que el enfermo vive en la enfermedad mental, y nos hacer realmente ver –y sobre todo «sentir»– desde la visión del demente senil cuando la mente se desorganiza para no volver jamás a lo que un día fue.

Vemos en la persona de Anthony Hopkins, en una magistral actuación, cómo sufren y todas las emociones, por habitar un cuerpo gobernado por una mente que se ha descompuesto. La trama nos lleva a entender la razón del dolor y del sufrimiento que provocan no entender nuestro entorno, no reconocer a las personas, no darnos cuenta del transcurso del tiempo y apegarnos para sobrevivir, a lo que sea que aún sentimos nuestro, incluso un simple reloj.

Cuando hablamos de las emociones de dolor alrededor de la demencia, pocas veces hacemos conciencia de que las personas afectadas «sí se dan cuenta», no de su padecimiento tal vez, pero sí de la cascada de duelos que acompañan el perder la autonomía, la certeza, la seguridad, la dignidad, la confianza en uno mismo, e ir viviendo en vida una regresión hasta el punto de ser absolutamente dependientes y vulnerables hasta para entender que estar vivos es doloroso y solitario, porque la mente sin orden, la mente sin recuerdos, la mente sin dirección, nos deja a la deriva, sin norte y sin pertenencia, no hacia las cosas, pero hacia las personas… porque una mente cansada, no es de nadie, nadie la reclama, ni su dueño porque no puede identificarla como ajena.

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Me pareció inmensamente poderosa, porque envejecer asusta y a veces los miedos son infundados o superficiales, porque creemos que solo vamos a perder la belleza o la juventud, pero que seguiremos siendo nosotros, quizá con más mañas, quizá con más ideas arraigadas. Pocas veces analizamos la posibilidad de perder nuestra mente, esa que somos hoy y que éramos a los 15 años y a los 7, la que nos conecta con lo que amamos, la que nos cuenta nuestra historia de vida y que nos recuerda frente al espejo que somos nosotros con o sin canas, con o sin arrugas, pero si esa mente se va, si esa mente se difumina… toda línea conocida deja de ser línea, hasta las palabras dejan de tener significado, como el tiempo y el espacio.

Nada representa nada; esa obsolescencia nos va desdibujando como seres vitales… El corazón podrá latir y las piernas caminar, pero si la mente nos nos dice a dónde, ir nos da en la cara con la falta de significado del todo y es así que entendemos (los de afuera), que probablemente la mente es lo más tangible del alma en este plano, y sin el alma que guía, es imposible no perdernos.

No se la pierdan, véanla con ojos críticos y el corazón abierto a las emociones más intensas como el dolor de dejar de ser y de existir en lo que cada quien reconoce como propio: una familia, un apartamento, una rutina, una historia, una vida propia.

No tener una mente sana, nos roba hasta a nuestros muertos… Podemos sentir de forma inmediata lo que interpreta una persona que no tiene clara su realidad, porque el tiempo y las caras dejan de tener significado y sentido y eso también, nos hace comprender que «no lo hacen a propósito», que no se trata de concentrarse, y que no es exclusivo de la vejez, en una mera coincidencia, triste coincidencia.

Amo que el cine esté de regreso. Es de las actividades que más disfruto y que más extrañé en la pandemia. Mi experiencia fue en Cinépolis y les aseguro (ya incluso llevé a mis hijos dos veces en ocasiones distintas) que te hacen sentir tranquilo respecto al control de número de personas, medidas de sanidad y sana distancia, porque el cupo en las salas es reducido, se usa una fila sí y una no, hay espacios vacíos entre las butacas que se ocupan, el uso de cubrebocas es obligatorio y el silencio y la posibilidad de dejarnos llevar por una historia en el cine es maravilloso. Adoro que el cine esté de vuelta y si se sienten seguros, regresen a las salas, es una manera importante de reactivar la economía de muchas familias.

Si su padre aún vive recuérdenle cuánto lo aman, cuánto significa para ustedes en su vida y en su memoria, antes de que algo imprevisto como la senilidad llegue a nuestras vidas a borrarlo todo y de a poco…

Un abrazo,

Karla Lara

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