Con esta situación del confinamiento, hemos pensado en la sintomatología que afecta a bebés y niños. ¿Qué hacer? Madres, ¡alerta! 

El confinamiento puede tener secuelas físicas y emocionales en los más pequeños, ya que están en un proceso de desarrollo madurativo que requiere una estimulación suficiente para su desarrollo cerebral, a través de la exploración del entorno, el juego, el aprendizaje y la interacción con otros niños.

La actividad motriz al aire libre también es fundamental para su adecuado desarrollo y como elemento regulatorio de sus emociones.

 “Los niños pueden mostrar irritabilidad, quejas frecuentes de aburrimiento, tendencia al aislamiento, dificultades para gestionar la frustración con episodios de enfado, labilidad emocional, conducta hipermotriz, dificultad para seguir las órdenes, aumento de los miedos, dificultades en la alimentación y el sueño. Por otro lado, en los adolescentes será menos visible, mientras que, en los niños más pequeños y los bebés, las expresiones conductuales y fisiológicas estarán más presentes”, agregó la psicóloga y docente de, Milagros Molero de La Universidad Internacional de Valencia (VIU).

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Bebés y percepción en estados de ánimo

Molero, enfatiza que los bebés van a tener unas respuestas regulatorias más relacionadas con las quejas somáticas y desregulación fisiológica. Alteraciones de su patrón de sueño, dificultades en la alimentación, episodios de llanto más frecuentes e intensos, problemas digestivos o irritaciones en la piel.

El estado anímico de los padres influenciará en la regulación de los menores, especialmente los más pequeños. El bebé se regula en la interacción cuerpo a cuerpo con sus figuras de apego, con el contacto físico, el olor, el movimiento, la percepción de las expresiones faciales y la comunicación no verbal.

¿Qué debe hacer la mamá? Los que los padres tienen que ser muy cuidadosos con su propio ánimo y atender a su propia tranquilidad para proporcionar este contexto corporal con la seguridad que el bebé necesita percibir. Si el adulto está nervioso, asustado o triste, el bebé va a sentir esos estados.

¡Atención a la sintomatología!

Hay algunas más evidentes como las alteraciones en el patrón de sueño, dificultades en la alimentación, episodios de llanto frecuentes y/o intensos, problemas digestivos o irritaciones en la piel, sobre todo en chicos con edades entre los cero y los tres años.

Asimismo, los que están un poco más grandes, empiezan a sentir la ausencia de los paseos al aire libre que suelen ser parte importante de sus rutinas de estimulación. Sus necesidades son básicamente exploratorias, de ese modo, su entorno de inspección es el cuerpo de la mamá y el papá, ya que interaccionan a través del juego sensorial.

Al no tener una adecuada actividad exploratoria desde la seguridad, van a tener dificultades regulatorias y para mostrar las respuestas descritas anteriormente.

“Cualquier circunstancia que interfiera con una adecuada estimulación para la primera poda neuronal (muerte programada de neuronas para mejorar la conexión sináptica del cerebro, fundamental en el adecuado desarrollo del niño) mantendrá un número excesivo de conexiones que harán al cerebro más ineficiente en la adquisición de capacidades posteriores que pueden afectar a su motivación hacia la exploración y aprendizaje, miedo ante la exploración del entorno, dificultades de regulación y de conexión con los demás. La segunda poda neuronal, se produce también en la adolescencia, por lo que no nos podemos olvidar que, en esa etapa, aunque los adolescentes sean más independientes y busquen más a sus iguales, la presencia regulatoria de los padres sigue siendo fundamental”, concluyó Molero.

Información sugerida por la Universidad Internacional de Valencia.

 



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