Dian Fossey fue una naturalista estadounidense que desafió las convenciones del ámbito científico hasta convertirse en la máxima autoridad mundial sobre los gorilas.

Su trabajo científico llegó a ser considerado como uno de los símbolos más grandes del voluntarismo en Estados Unidos, y un gran ejemplo de autodeterminación, porque es la historia de una joven de California que se marchó a África, donde se reinventó como una gran naturalista que alcanzó el reconocimiento de la comunidad científica y la fama internacional.

Primer encuentro con África

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Lo que sí sabemos es que nació el 6 de enero de 1932 en San Francisco, California. Sus padres fueron Kathryn Kidd, una modelo profesional, y George Fossey, un agente de seguros. Cuando tenía seis años sus padres se divorciaron y la niña crecería junto a su padrastro, un hombre de negocios llamado Richard Price.

Durante su niñez no pudo mantenerse en contacto con su verdadero padre, debido a que su madre luchó por alejarla de él. Así las cosas, tuvo que vivir en el estricto mundo de Price, quien no la trataba como a una hija, al punto de que prohibió que se sentara a cenar en la misma mesa con ellos. Esto reforzó su inseguridad, por lo que comenzó a desarrollar un gran amor por los animales, desde su carpa dorada hasta los caballos.

Fossey fue una experta amazona durante su juventud: llegó a ganar premios y diversos reconocimientos. Siguiendo los deseos de su padrastro, se inscribió en un curso de negocios en el College of Marin, pero pasó sus vacaciones en un rancho de Montana donde redescubrió su amor por los animales. Ya tenía 19 años de edad, así que decidió desafiar la autoridad de sus familiares y se inscribió en un curso de preveterinaria.

Su familia no la apoyó en estos estudios, por lo cual tuvo que trabajar como vendedora en una tienda departamental y como maquinista en una fábrica. Aunque siempre fue buena alumna, tuvo dificultades con las disciplinas científicas como química y física, lo que la llevaría a reprobar el segundo año del curso. Fue transferida al San Jose State College, donde se graduó como terapista ocupacional, trabajo en el que se dedicó a ayudar a pacientes con tuberculosis.

Vivir sola en el bosque

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Para los conservacionistas, ella se convirtió en un ícono del compromiso, porque puso en riesgo su propia vida para ayudar a salvar una especie en peligro como los gorilas. Para los nacionalistas africanos, fue un símbolo de la arrogancia estadounidense, una extranjera que tuvo el valor de decirles cómo vivir.

Para las feministas fue un símbolo de coraje, alguien que evitó los convencionalismos y enfrentó  enormes dificultades físicas para lograr sus propios objetivos. Para los moralistas, su historia es una lección de los peligros del exceso, una monomaníaca que, por su obsesión, terminó pagando con su propia vida.

Todos esos mitos son interesantes, pero la verdadera historia de su vida es más triste, oscura y, en definitiva, más convincente. Fue una mujer solitaria e incómoda que descubrió una misión a la que le  dedicó toda su vida, pero que sufrió una serie de pérdidas emocionales devastadoras, incluyendo la decepción romántica, frustración profesional y una enfermedad debilitante.

Es la historia de una mujer que se retiró poco a poco hacia el mundo hermético que había creado con sus animales, una persona cuya vida se adentró más y más en la locura, el odio y la paranoia. Dian Fossey pasó dieciocho años dentro del territorio de los gorilas de montaña en Ruanda. Ella le dedicó su vida y nos hizo concientes de su existencia.

En Ruanda se convirtió en una leyenda. Las personas la llamaban Nyiramacibili: la mujer que vive sola en el bosque. Dian utilizó su importancia para disipar el mito de que los gorilas son viciosos y peligrosos: de hecho, se encuentran entre los más gentiles de los primates, y le mostró al mundo su difícil situación.

Durante los años 70, un número alarmante de gorilas de montaña fueron asesinados por cazadores furtivos. Uno de los gorilas de Dian, llamado Digit, fue brutalmente asesinado por cazadores que le cortaron la cabeza y las manos. La científica se tomó el combate contra los cazadores como algo personal, y empezaron los problemas que erosionarían su vida personal y profesional.

 

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Por: Albinson Linares

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