Estaba una joven haciendo el famosísimo pollo de la abuela, una receta que tenía muchos años en la familia pero que esta chica la hacía por primera vez. Seguía la receta al pie de la letra y, en algún punto, decía: “se corta una pierna y se pone a un lado”. Ella lo hace y a la vez se pregunta: ¿para qué será esta parte de la receta? Le pregunta a su mamá y ella le dice que así es la receta, y que eso es parte del secreto que hace que sea tan bueno ese pollo. Así que ella lo termina comprobando que el pollo le ha quedado… ¡espectacular! Y así lo sigue preparando por un tiempo, sabiendo que hay algo especial en el pollo de la abuela.

Un día, estaba la chica en casa de la abuela mientras que la abuela preparaba algunos platillos de esos que solo ella sabe preparar y le pide que hagan el pollo juntas, y cuando llegan a la parte de “se corta una pierna y se pone a un lado”, le pregunta, “¿este es el verdadero secreto de la receta, abuela?» Y ella le contesta: “No, eso lo hice así porque cuando lo comencé a hacer, hace muchos años no tenía un molde suficientemente grande en donde me cupiera todo y necesitaba quitar una pierna para poderlo meter al molde, ahora sí tengo moldes más grandes y ya no tengo que partirlo.”

Así, aveces sostenemos creencias que vienen de nuestros ancestros, de nuestra historia, de lo que la sociedad dice, por generaciones y generaciones que no nos hemos cuestionado, y simplemente las seguimos repitiendo. Creencias que sostienen comportamientos o acciones que no nos gustan y que no cambiamos porque no nos preguntamos si tenemos algo mejor que creer.

Cuestionarnos creencias, pensamientos, acciones, etc., que hemos venido sosteniendo es una actividad que debemos ejercer y fortalecer como un músculo cuando vamos al gym.

Aunque a veces no seamos conscientes de aquello que ya no nos hace clic, si observamos nuestros pensamientos y lo que decimos, podemos empezar a notar que hay algo que repetimos y a lo mejor no nos hace sentido. O algo que escuchamos y creemos que no va con nosotros, por más que lo escuche. Por ejemplo, cundo le comuniqué a mi abuela (hace muuuchos años) que me iría a estudiar una carrera a otra ciudad (siendo la primera nieta, para ella yo debía ser ejemplo para mis primas y eso significaba una buena carga sobre mis hombros) me dijo, parada y mirando hacia abajo recargada en el brandal de la escalera del primer piso, yo en la planta baja viendo hacia arriba,  “recuerda mi’jita, las mujeres se casan cuando pueden, los hombres cuando quieren pero las mujeres cuando pueden, así que ¡no te me distraigas con esas cosas!”

¡Pum! ¡Lo sentí como una cubeta de agua helada! Adentro de mí dije: ¡¡Ni madre!! ¡Ni madres que me tengo que casar cuando pueda… eso no va a pasar! Y no le contesté. Pero no la confronté. Y además, no lo olvidé.

Después entendí muchas cosas de mi comportamiento porque sabía que esa era mi historia, así habían educado a mi abuela, a mi madre, a mí…

Más adelante, me casé, cuando quise, y muy feliz disfruté muchos momentos tanto como una buena ama de casa como poder trabajar como se me pegaba la gana. En general siempre encontré la forma de que esas funciones fueran disfrutables.

Unos años más tarde me divorcié y me empecé a dar cuenta que había acciones mías que se acoplaban muy bien a ese tipo de enseñanzas, por ejemplo hacer de comer y mantener una cocina limpia es una obligación que me corresponde como mujer y madre (ya no esposa, pero la seguía viviendo como mi responsabilidad). Cuando me di cuenta de ello, elegí dejar de cocinar, eso no quiere decir que comiéramos agua y papitas… ¡no!  Pero dejé de cocinar, de lavar platos y compraba comida en cocina económica, y si nadie ayudaba, no lavaba platos.

Así pasó un rato quizás un año, sabiendo que no quería hacer algo que sentía que era una obligación por mi género. De repente caía en el juicio de mi mente de ser una mala mujer, y me ponía a lavar, y regresaba a no querer, y dejar un tiradero en la cocina, luego me llegaba la culpa de ser un mala madre de enseñarle a mi hija a ser irresponsable, y luego recordaba que no lo quería hacer, y así, pasaba de un lado a otro. Hasta que de repente, un día decidí hacerme de cenar. Fui a comprar cosa ricas, me preparé una cena deliciosa y recordé que amo cocinar, no por obligación sino porque es un placer que disfruto. Y retomé la bella oportunidad de cocinar cuando se me antojaba, y cada vez se me antojó más.

Preparaba comida para las chicas que trabajaban conmigo y disfrutábamos mucho esas comidas caseras que cocinaba, y a veces iba a la cocina económica y compraba;  a veces hacía sandwiches y eso comíamos. La cosa es que dejé de verlo como obligación y lo empecé a disfrutar porque me lo cuestioné y elegí hacer la transición de una obligación intrínseca a una elección consciente.

Si hubiera reconocido que odiaba cocinar, habría elegido algo diferente, quizás contratar una cocinera de tiempo completo, pero era importante identificar lo que siento con la acción y lo que creo de ella.

Así rompo la creencia y tomo otra nueva y la hago mía. Claro, si más adelante necesito volver a cuestionarla lo hago y creo otra nueva. A lo mejor en unos años elijo que ya me cansa cocinar y dejo de hacerlo, por lo pronto lo disfruto y compartir mi mesa con comida es un placer que ya no siento como obligación.

Pues sí, todos sostenemos creencias que no sabemos que ya no nos funcionan. Cuestionarlas y cambiarlas es parte del proceso de crecimiento y evolución, conocer más lo que quiero y no lo que debo es cuestión de estarnos preguntando constantemente qué pienso de lo que digo y hago. Así puedo empezar a ser más congruente, y conocerme realmente más cada día.

Y tú, ¿qué creencias sostienes que quisieras cambiar?

Serie despertar y permanecer despierta

Lee: cómo hacer cambios.

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