De un tiempo para acá (y creo que con la ayuda de Tinder, debo decir) mi vida sexual se volvió un poco más activa de lo normal. Aprovechando que no tengo una pareja estable porque así lo he decidido, he estado más abierta a tener encuentros casuales cuando la ocasión así se da. Nunca bajo los efectos de nada y siempre con conciencia de que es lo quiero en ese momento.

Por: Florecita Rockera

La cosa es que el sexo casual no es como Samantha Jones (o el porno) lo pinta: siempre con un inversionista de Wall Street guapo y bien dotado que le proporciona sexo y orgasmos maravillosos. A veces te encuentras pendejos disfrazados de buenos amantes y distinguirlos (aún si los trataras diario) es sumamente difícil, por no decir imposible.

¿Cómo saber si el tipo que te está mirando desde el otro lado del bar será un buen amante y valdrá la pena? No lo sabes, hasta que ambos estén desnudos y entonces, saque a su verdadero yo.

Y el verdadero yo, no siempre es el cool, créanme, he pasado por ahí un par (o tres o cinco) ocasiones. En este momento quiero referirme específicamente a dos experiencias que tuve hace poco y por las que creo, muchas han atravesado sin saber qué hacer.

Resulta que la temporada pasada de Tinder (porque yo lo clasifico por temporadas) saqué la cuenta para hacer una pequeña investigación a la que después me referiré.

La cosa es que no tenía planes de conocer en persona a nadie, sólo necesitaba la información que les pudiera sacar online. Pero hubo dos hombres que me llamaron suficientemente la atención para salir: Ernesto, la joven promesa del área de post producción de cine y Antonio, el editor de arquitectura.

Ernesto, con toda la seguridad del mundo, me invitó a salir el mismo día que hicimos match, y la verdad, entre que no tenía nada qué hacer ese día y que me había intrigado su barba pelirroja, sus ojos verdes y que había participado en mi serie favorita, accedí a salir con él.

La plática fue maravillosa y al final de la velada, me invitó a ir a su departamento. Era jueves, era tarde, estaba cansada, pero qué demonios, tenía ganas de que me besara ese inteligente y encantador hombre… lo cual se le quitó en cuanto llegamos a su departamento.

Primero, aunque el pre resultó bueno, quiso tener sexo sin condón (¡¿qué carajos pasa con los hombres, por dios?!) Ok, yo tampoco traía, así que asumí la parte responsable y sugerí (casi llevé a rastras) al joven a ir a comprarlos. Al regresar me pidió que le hiciera sexo oral y bueno, he tenido suficiente experiencia para hacerlo bien, por lo que se quedó taaan extasiado con esta habilidad recién encontrada en mí, que prácticamente se concentró en que yo le sirviera a él. ¿Qué no se supone que el sexo es una vía de dos sentidos? En teoría Marge, en teoría.

Cuando sugerí que ya quería que iniciara la segunda parte de la acción con los condones, tal cual, hizo su deber, pero con un par de embestidas sintió que había cumplido su misión. Acto seguido se retiró a su cama y empezó a roncar.

¿Y mi orgasmo, apá?

Ah, y todavía se indignó porque osé reclamarle que me había dejado a la mitad.

Ilustración de Sara Herranz

Ilustración de Sara Herranz

 

Caso dos: Antonio, editor y encantador que, desde el primer momento, me dijo que buscaba una chica inteligente y con plática fluida a la que después de conocerla, pudiera hacerle sexo oral toda la noche, porque para él, era más importante el placer de ella. Intrigante, ¿no?

La verdad es que a pesar de que platicamos bastante bien (lo cual es difícil encontrar en Tinder), yo buscaba muchos pretextos para no salir con él. Algo me decía que mejor no. Pero como siempre callamos a la única voz sensata que nos sale, decidí salir con él y comprobar sus dichos.

Fui a su casa porque tengo la teoría (que comprobé más adelante) que a pesar de estar en su terreno, hay más facilidad y control de movimiento. Todo bien, parecía una casa normal con un perro e incluso conocí a su hermana; después de un rato de platicar y beber un poco de vino, así de la nada, me saltó encima.

Ok, me sorprendió pero nada desagradable, besos bien, caricias dos minutos y de repente ya estaba abajo (en serio quisiera que los hombres entendieran que los juegos previos son importantes). Empezaba a probar su punto, cuando de repente paró y ya me estaba volteando para penetrarme. Waiiit, uno, ¿no que te gustaba darlo toda la noche? Y dos, ¿sin condón?

Hizo cara de “ya que” y se lo puso. La verdad es que para ese momento ya no estaba tan convencida y una parte de mí estaba afuera esperando el uber. Pensé que quizá mejoraría si cambiaba de posición, y él aprovechó para abusar de la confianza (y que yo estaba de espalda) para quitarse el condón. Sí, estaba siendo víctima del stealthing, un fenómeno que cada vez es más común y es una práctica violenta porque el otro no sabe y por tanto, se hace sin consentimiento de la pareja en turno.

Me di cuenta porque de repente hizo una pausa y la verdad (aunque las marcas de condones se me vengan encima) no se siente igual con y sin condón y cuando noté esta diferencia, bajé la cabeza y lo vi: el condón estaba en la cama hecho bolita.

En ese momento me moví y le dije: ¿por qué te lo quitaste? Y este hombre de 35 años me dio la disculpa de un niño de 15: “sorry, se me salió”.

En ese momento, sin decir nada, me vestí increíblemente rápido, tomé mis cosas y sin hacer contacto visual, me fui en ese momento (cosa que quizá no hubiera podido hacer en mi casa).

Me dio mucho coraje porque si bien ya no pienso que si tengo un one stand night soy una puta, también asumí que debo ser responsable con mi cuerpo y mi salud, así que definitivamente NO le juego al vivo.

 Estas experiencias si bien no fueron tan placenteras como pensaba, también me dieron un par de lecciones valiosísimas. La primera es que el placer debe ser equitativo; no por pena o por lo que vaya a pensar, debes callarte si algo de lo que te están haciendo no es agradable, y si lo es, entonces dilo para que él sepa por dónde ir. Hablar (y no sólo sucio) es importante para que ambos tengan una buena experiencia.

Ok, es difícil si es la primera vez que topas al individuo, pero es algo que vas desarrollando con la práctica, y con esto no digo que tengas que ir por la vida echando acostón (o si quieres sí, aquí no se juzga a nadie). En general, ser claro y decir lo que quieres de forma asertiva, te va a llevar por un buen camino en la vida.

Y lección dos: no te sientas mal si después de una mala experiencia sientes la necesidad de irte y no volver a ver al individuo. No soportes una situación porque “ya estás ahí y ni modo de hacerle el feo”. Recuerda que siempre estás primero tú y tu integridad física y emocional.

¿Qué cómo se acabaron ambas situaciones? En la primera, por pura dignidad no volví a buscar al sujeto y él tampoco me buscó. La verdad es que no me importaba salir con alguien tan egoísta que sólo piensa en su propia satisfacción; borré su número y su perfil de Tinder.

La segunda, un poco más complicada, se terminó en una pastilla de emergencia y una visita al doctor para checar que todo estuviera correcto. Afortunadamente nada ocurrió, quedó en una mala experiencia y él quedó como un mentiroso abusivo.

Así que manas, aguas con un barbón con gorrito que les diga que les va a hacer el mejor sexo oral de sus vidas. Es pura habladuría.

Ilustración de Sara Herranz


Síguenos en redes sociales como @KENArevista: