30 años ya…

Hace treinta años viví uno de los años más dolorosos de mi vida.

Estaba en el trabajo, haciendo unas grabaciones para un video. En aquellos tiempos el trabajo de producción de video se hacía con un equipo muy sofisticado y pesado que era una cámara de 3/4 y una grabadora aparte con casetes de 20 min, así que había que cambiar los casetes a cada ratito y era una máquina bastante grande para hacerlo portátil.

Iba con mi camarógrafo y yo era la asistente; no podíamos tener mucho personal por lo que yo cargaba la grabadora. Por un error que nunca he entendido, descolgué la grabadora de mi hombro para depositarla en el piso y, como viento de una exhalación que se sintió como si hubiera sido un huracán, la tiré y se descompuso. Yo creo que nunca me había sentido tan agobiada y tan estresada por un error cometido; me sentía como una niña que rompió el jarrón chino de la dinastía Ping la iban a regañar y castigar el resto de su vida. No podía creer por qué sentía tal angustia y agobio tan exacerbado por algo que había sido un accidente y que, aunque nos generaba mucho problema por que, como decía, era un equipo sofisticado y caro y que no se conseguía fácilmente, había que resolver la falta de grabadora urgentemente para continuar con las grabaciones que no se podían posponer.

De cualquier manera, nunca me había sentido tan agobiada y angustiada en mi vida. Pasé el día así y platicando con el que era mi novio -futuro marido- y jefe, quien me decía que me tranquilizara, que ya encontraríamos la solución y que todo estaría bien… pero yo no me podía calmar.

La noticia

Al día siguiente, me llamaron a casa de mi cuñada y vecina. Porque, como habrán de recordar, hace 30 años aún no figuraban los teléfonos celulares en las manos de todo individuo, y como teníamos poco viviendo ahí, aún no teníamos teléfono en casa. Así que a las 6:00 de la mañana mi cuñada toca a la puerta de mi casa para decirme que me llamaban, y por la hora y la evidente urgencia, desperezándome del sueño profundo corrí a su casa para escuchar a mi tía del otro lado del auricular diciéndome que nos iríamos a Morelia -de donde soy- en una hora porque el avión en el que mi prima regresaba de unas vacaciones en Ixtapa estaba desaparecido, no lo encontraban. Iríamos a estar con la familia para esperar que consiguieran resolver algo.

Aturdida regresé a mi casa a prepararme para irme a Morelia con mis tíos y mis primos.

Al llegar supimos que habían logrado encontrar el avión con los cuerpos de 5 chicas y un piloto perdido por la sierra de Michoacán, que había sido derribado por una tromba, de esas que suelen haber en estos tiempos de junio, como hoy, que llueve todo el día.

Hace 30 años, en un día así Chaly se fue con sus 4 amigas y el piloto en una tormenta que cada año en estos tiempos se hace presente y no deja que una olvide semejante suceso.

Foto de Dingzeyu Li

La muerte en edades tempranas siempre estruja el corazón más de la cuenta; deja huellas muy marcadas. Desgraciadamente ya he vivido dos de estas experiencias cercanas, y gracias a la edad y la experiencia de mi vida, he podido integrarlas a mi existencia.

Curiosamente mi prima que murió en ese avión hace 30 años es un ángel que me ha acompañado muy cercanamente todos este tiempo; me ha acompañado en momentos difíciles, le he contado muchas experiencias que he vivido y ha estado a mi lado siempre. Se manifiesta con la forma de un petirrojo, ese pajarito rojo que se me ha presentado en los momentos más inverosímiles en los que yo le contaba experiencias de mi vida, y necesitaba alguna respuesta: ella venía como pájaro y en mi mente escuchaba algunas ideas que me ayudaban a resolver aquello por lo que la invocaba y en mi corazón sentía un revuelo de amor y alegría con una sensación de su presencia, que muchas veces se expresaban a través de lágrimas de gozo, de nostalgia y de gratitud.

Sí, tengo 30 años con esta compañía. No, nunca la he visto como si me hubiera venido a visitar, pero no hay manera de que no sea ella su energía y su luz la que ha estado acompañándome todo este tiempo. Y sí, ella es, entre otras energías que percibo y siento de esos seres que hacen que nunca me sienta sola, más allá de las personas con las que comparto el mundo en el plano físico, creo profundamente que hay otros seres que no están en el plano físico y que también nos acompañan, pues sí, ella es una de esos seres. Y hace treinta años que me acompaña trayendo su luz cuando yo no puedo ver con claridad, trayendo su calidez cundo yo siento soledad y frío, trayendo su energía como brazos amorosos que me contienen cuando me siento desfallecer y quebrar. Ese amor, energía y luz que me ayudan y me acompañan en los momentos difíciles y esas carcajadas que también siento cerca cuando estoy feliz y agradezco la vida y las pequeñeces que me hacen sonreír. Sí, también está en esos momentos, porque si algo recuerdo de ella cuando vivía era esa sonrisa, sensibilidad y alegría que la caracterizaba.

Hace mucho que no escribía algo a cerca de mi querida acompañante de vida y creo que solo en ese formato energético pudo estar tan presente en mi vida y lo agradezco profundamente con todo mi amor y alegría.

Así, después de aquel día en dónde sentía “sinsentido” toda esa angustia y desesperación, descubrí que era ella diciéndome que se estaba yendo, que no estaba pasándola bien y que era definitivo. La energía se expresó en mi vida como pudo, luego entendí que a la hora que su avión se desplomaba, mi grabadora se caía y que la angustia que sentía desmedida, era por otras razones no relacionadas con el evento. Años después me pasó algo parecido cuando mi sobrina murió en accidente automovilístico y comencé a vivir un duelo profundo y desgarrador horas antes de que la noticia fuera un hecho.

La vida se expresa de diferentes formas pero siempre tiene relaciones y vínculos que nos enlazan eventos que parece que no tienen relación. Solo a través de la intuición puedes entenderlo y hacerlo tuyo, para la comprensión del alma y la conciencia del ser.

La muerte es algo que todos tenemos como futura experiencia, la diferencia es cómo la percibimos y cómo nos relacionamos con ella y los seres que se van.

Reconocer que hay momentos difíciles que atravesar y que no hay manera de evitar. Y bueno… la vida es eso, momentos que nos arrebatan el aliento por lo maravilloso que vivimos y momentos que nos rompen en cachitos para rearmarnos y aprender más de nosotros mismos, de esa fortaleza que somos, de ese poder de luz que somos para brillar y que a veces solo cuando nos rompemos sabemos de qué estamos hechos.

27 de junio de 2021

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

¡Síguenos @KENArevista!

Acompáñanos en nuestras redes sociales y no te pierdas ninguna nota de KENA.