Se efectuó la esperada cena de estado junto al mandatario francés Emmanuel Macron y su esposa Brigitte. Ella mantuvo su línea en cuanto a vestimenta al usar una pieza Louis Vuitton en blanco al talle, con aplicaciones doradas. La primera dama francesa es una embajadora de la marca (que también es francesa.) Los tacones, abrigos, accesorios y vestidos también son Vuitton.

Por su parte, la anfitriona de la noche, Melania Trump, vistió un Chanel Haute Couture. De encajes de chantillí negro, pintados a mano en gris plomo, adornado con bordado de cristales.
No hay nada más francés que Chanel ni nada más lujoso que un Haute Couture, por lo que diplomáticamente hablando, la primera dama triunfó al vestir así para la cena de estado y honrar a sus respetables invitados de honor.

El vestido, que parecía una armadura, sigue promoviendo la agenda de la primera dama en mostrarse como una mujer independiente y fuerte. Se podría argumentar que lo define sigilosamente, manteniéndose al margen de la agenda y la imagen del marido.

Muchos críticos cuestionan el valor de un Chanel, del cual no sabemos el precio y, por supuesto, que sí es de un costo alto, pero, desde hace mucho tiempo, las primeras damas siempre han vestido muy lujosamente para tales ocasiones; de hecho, fue Michelle Obama quien vistió un Atelier Versace en su momento para recibir al primer ministro Renzi (italiano), también en una cena de estado.

Simbólicamente hablando, un Haute Couture es la epifanía del buen gusto francés en su máxima expresión cultural. Si bien es ostentoso en valor, representa ese “savoir faire” que solo porta la distinción  francesa.

Muchos han criticado la forma poca discreta sobre la cual la primera dama tiende a gastar en sus vestimentas, pero en lo personal, sin ánimos de criticar, es normal que en países de desarrollo y riquezas el lujo sea pertinente a la política.

Por su parte, Ivanka Trump, quien ha sido una figura importante, gracias a la no muy popular administración de su padre, vistió un Atelier Rodarte en tulles rosa pálidos y lunares negros. La hija presidencial vistió una marca americana para así apoyar el talento local y, debemos admitir, que se vio muy guapa.

Esta primera dama, quien no termina de encajar en su rol en la  administración del marido y que, además, vive rodeada de rumores no muy glamorosos, pareciera estar encontrando una voz independiente y reconciliándose con el público al reguardarse y  protegerse en el glamour de sus atuendos.

Columna de Gabi Ramos desde Nueva York

Gabi Ramos columnista de moda

 

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