Uno no escoge de quién se enamora, ni el momento, ni a la persona, ni el sitio, ni la edad”, decía un post que leí hace tiempo en alguna red social. Sí, es verdad, si uno pudiera escoger a su amor ideal no existirían los desamores ni las decepciones, mandarías a hacer a tu hombre sobre pedido o lo elegirías en el catálogo de Mary Kay o lo ordenarías vía una empresa estilo concierge VIP para que te den para lo que te alcance…

Pero no. Así no es la vida. Una se enamora y se deja ir como gorda en tobogán y luego te refundes en el cuarto oscuro cuando pasa lo inevitable, ¿y por qué digo lo inevitable? Porque a veces, amigas, sabemos desde el minuto uno que ese hombre es inconveniente y que si jugamos con fuego nos vamos a quemar; los focos rojos parpadean, la adrenalina fluye y la curiosidad mató al gato. Crisis, duelo, lágrimas y dolor.

No te obsesiones con alguien que no te conviene porque tu cerebro lo procesa como un objeto de lujo al que no puedes pero quieres tener”, decía otro post que vi después. No es cierto que no puedes elegir de quién te enamoras, sí puedes porque tienes la capacidad de la elección para decidir si quieres avanzar o seguir viendo a esa persona que ya te dio alertas de que no es lo que quieres/buscas/necesitas.

Necesitar es una palabra compleja. No se trata de confundirla con co-dependencia (“Te necesitoooo, no puedo vivir sin tiiii, quiéremeeeee”), sino verla desde la perspectiva práctica: no necesitas los problemas que acarrea un hombre casado, no necesitas los problemas económicos de un hombre cuando tú no los tienes, no necesitas contagiarte de una enfermedad venérea que te pegó el infiel. Eso es a lo que me refiero con el peliagudo verbo necesitar. 

El tema es que a veces nos gustan los hombres malos, complicados, inalcanzables (entiéndase alguien con quien no compartes valores), no disponibles, cobardes, mentirosos o con baja autoestima. ¿Por qué? Yo le llamo el síndrome del perrito callejero porque los quieres redimir, pigmaleonear o que aprendan de ti. Ay, qué narcisistas somos…

¿Cuántas veces queremos rescatar al muy pulgoso porque le vemos “mucho potencial”?¿Cuántas más hemos dicho que a nosotras “no nos va a pasar”, “yo voy a ser la excepción”, “él sí se va a divorciar”?¿Cuántas otras dijimos que le íbamos a dejar de hablar a ese galán borracho, bully o pelado que le grita a su mamá y se golpea en la calle a la primera provocación, “porque es apasionado, me defiende y tiene otras cualidades”? Sí, hasta que acabas por ser víctima de eso.

Podemos seguir y seguir dando ejemplos, pero eso no cambia el hecho de que siempre llegamos al mismo lugar: ¿por qué seguiste saliendo con él?¿Por qué te quedaste ante los focos rojos? ¿Por qué antepusiste al impulso sobre la razón?

Porque somos humanas. Nos lanzamos al acantilado sabedoras de que podremos no sobrevivir la emoción y la sensación de libertad que nos ofrece ese momentáneo placer.

Yo soy promotora absoluta de vivir la vida y no quedarte con las ganas de nada: ni de sentir, ni de expresarte ni de intentar hasta donde creas que ya no puedes más. Pero me ha costado caro. Carísimo. Si hubiera renunciado a ese hombre “separado” en el momento en el que estaba empezando a conocerlo, me hubiera ahorrado tres años de dolor innecesario; pero mi consuelo es que esa experiencia me enseñó otras cosas que hoy me permiten ser más sensata con mis decisiones. Sí, lloré lágrimas de sangre aunque les saqué el mejor provecho y ahora no me queda más que decir que no me arrepiento del tiempo que pasé con él porque, gracias a eso, descubrí mi gran capacidad de amar.

…Pero me hubiera gustado descubrirlo con alguien que pusiera sobre la mesa lo mismo que yo.

Eso es lo que pasa cuando eliges la curiosidad. ¿Sigue casado con “su ex”; te pide que abortes porque no está listo; te insiste en tener sexo sin protección cuando no quieres; te acusa de dramera como si él fuera perfecto; te utiliza de punching bag o de sicóloga para drenar sus frustraciones; te habla constantemente de su ex; jamás te llama por tu nombre; te dice que no se quiere comprometer pero te busca para seguirse acostando contigo; te propone después de un tiempo una relación “abierta”; te habla mal de todas las mujeres de su vida y se hace la víctima; le gusta provocar, ofender y pelear para después buscar sexo de reconciliación?  Completa la lista.

No se trata de señalar, juzgar o tirar culpas; ellos son como son y nosotras tampoco somos ángeles. Todos tenemos defectos, manías y huellas de dolor; aquí lo que propongo es que mires las tuyas y a partir de ellas decidas qué es lo mejor para ti, cómo sería un compañero que te aporte y te haga sentir bien en todos aspectos, incluso, con sus defectos.

No va a funcionar con todos, por supuesto, pero solo aviéntate con quien valga la pena para ti y se acerque más al tipo de relación que desearías tener. Si no funciona está bien, así es la vida; pero una cosa es no encontrar a la persona correcta y otra es elegir al incorrecto, conscientemente y varias veces… todo el tiempo.

Ahórrate a los inconvenientes y elige no elegir. Al menos sí puedes escoger de quién NO te enamoras.


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