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Hay muchas razones para estar convencidos (casi obsesionados) para ser mejor persona, más felices, más plenos, nuestra mejor versión… pero, ¿es obligatorio serlo?

No es una novedad que de alguna manera las personas estamos en la búsqueda constante de mejorar nuestras vidas y nuestra manera de ser. Vamos detrás de cualquier cosa que nos prometa «ser mejores», léase: más buenos, divertidos, guapos, flacos, fuertes, inteligentes, felices, infalibles, comprometidos, con buenos hábitos, con palabra, casi perfectos… y que se resuma en ser «nuestra mejor versión», pero desde mi reflexión y nunca humilde opinión personal, a veces; el costo es muy alto.

Hoy como nunca antes, ser feliz es casi una obligación. Hasta en las universidades se pretende enseñar la tan anhelada «felicidad», en una sociedad donde es una carta de presentación para que seamos considerados entre muchas otras cosas, personas deseables o mejores y donde el tener y expresar «otras emociones» nos aleja de ser nuestra mejor versión.

No me mal interpreten. Creo y amo la felicidad, la he sentido muchas veces y muchas otras no, y por eso mismo me parece importante hablar de que hay más emociones y experiencias en nuestras vidas, que no siempre son positivas y lindas de recordar, hay muchas otras situaciones que nos definen y que nos hacen ser las personas que somos cada uno de nosotros en este momento.

Sí, coincido en que ser feliz es algo muy deseable y hasta ideal, pero también en que ser feliz de manera absoluta es casi imposible; me explico. Intentar convertirnos en nuestra mejor versión, para mí, es un trabajo en progreso, algo que va sucediendo en el tiempo y en el espacio de manera constante y que no depende de un solo hecho o de un solo cambio. Es decir; está en nosotros la mejora continua en todos los aspectos de nuestra vida, sin que ello sea un acto que eventualmente se consume con el que podemos demostrar en un instante como un acto de magia: «Tarán… hoy soy mi mejor versión».

NO.

Ser nuestra mejor versión va de cambios constantes, algunos sencillos, otros tremendamente difíciles, a veces podemos ser nuestra mejor y nuestra peor versión al mismo tiempo en distintas situaciones o con distintas personas, y eso es lo que nos hace humanos: intentar, equivocarnos, cambiar de opinión, regresarnos, irnos, atinarle, rechazar algo, volverlo a pedir, etc. Se trata idealmente de poder experimentar y SENTIR todo lo que nos toque vivir en consciencia y que, cuando lleguen esos momentos o espacios felices estemos listos para darnos cuenta, darles la bienvenida y dejarlos ir cuando sea el momento, sin tanta frustración, sin tanta aprensión…

Ser nuestra mejor versión también va de aprender en el camino de cada persona y cada experiencia que se cruza en nuestra vida, lo bueno y lo no tan bueno, y sobre todo de agradecer el proceso, lo que haya implicado, como hayamos salido de él: rotos o compuestos, agradecer, porque esa es la energía que nos vamos a llevar a otro lugar, a otro momento y con otras personas. Y es la energía que forma parte de nuestra esencia y la que vive en nuestro ser, por ello merecemos llevarnos lo mejor y darlo en la misma medida de nuevo; eso es lo que nos hace mejores, que no superiores, que no más que nada ni nadie.

Es válido insistir y hacer por ser nuestra mejor versión, lo que no se vale es morir en el intento (de manera figurada). Somos lo que somos, y lo que somos hoy muchas veces es lo que corresponde, el resultado del camino recorrido. Sí podemos cambiar, sí podemos mejorar y siempre es y será tiempo de hacerlo, pero que la mejora te sume, que te enaltezca, que venga del amor y no del ego; que venga de la suma de las pérdidas y de las ganancias en un balance genuino y creo también que hay una forma externa de acercarnos a una mejor versión de nosotros mismos y es ayudando a los demás: porque como recién lo leí, el mundo ya tiene suficientes personas que se aman a ellos mismos, ahora necesitamos amarnos entre nosotros.

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