En México -y especialmente en la capital del país- recientemente vivimos jornadas muy intensas de manifestaciones por parte de grupos feministas organizados que levantaron la voz para llamar la atención sobre la grave crisis de violencia que, en el caso de las mujeres, ha tomado ya signos de alerta máxima.

A todo pulmón miles de voces gritaron ¡NI UNA MÁS, NI UNA MUERTA MÁS! ante la escalofriante cifra de nueve mujeres asesinadas cada día en nuestro país. Ante tanto ir y venir de la información la pregunta parecería básica pero creo que es muy pertinente ¿qué es un feminicidio?

Esta manera distinta de nombrar un asesinato no tiene que ver con el lenguaje incluyente del cual ya les hablé en otra columna, pero sí tiene que ver con VISIBILIZAR.

Empecemos por decir que al menos en materia de derechos humanos, casi siempre el estado mexicano y/o sus leyes sufren modificaciones como resultado de algún acontecimiento a nivel internacional. Este caso no es la excepción.

Aunque en México en 2007 ya se había publicado la “Ley general de acceso de las mujeres a una vida libre de violencia”, en la que se hacía referencia a la violencia feminicida, lo cierto es que la oficialización del término vino en 2009 después del fallo en la Corte Interamericana de Derechos Humanos en el caso conocido como “Campo algodonero” en el que se determinó que el estado mexicano no había sido diligente en su obligación de investigar la desaparición y asesinato de tres mujeres en Ciudad Juárez, Chihuahua (qué manera TAN elegante de decirlo ¿no?).

Diez años después las cosas han cambiado, sí, pero no para mejorar.

Si aquella crisis de desaparición y muerte de mujeres en Ciudad Juárez dio la vuelta al mundo ¿qué debería estar pasando ahora que el fenómeno se ha generalizado a todo el territorio nacional?

El feminicidio llega a los códigos penales

En 2012 es reconocido como delito y la ley dice que se considerará de esta manera cuando existan razones de género y ante la concurrencia de las siguientes circunstancias:

  1. «La víctima presente signos de violencia sexual de cualquier tipo;
  2. A la víctima se le hayan infligido lesiones o mutilaciones infamantes o degradantes, previas o posteriores a la privación de la vida o actos de necrofilia;
  3. Existan antecedentes o datos de cualquier tipo de violencia en el ámbito familiar, laboral o escolar, del sujeto activo en contra de la víctima;
  4. Haya existido entre el activo y la víctima una relación sentimental, afectiva o de confianza;
  5. Existan datos que establezcan que hubo amenazas relacionadas con el hecho delictuoso, acoso o lesiones del sujeto activo en contra de la víctima;
  6. La víctima haya sido incomunicada, cualquiera que sea el tiempo previo a la privación de la vida;
  7. El cuerpo de la víctima sea expuesto o exhibido en un lugar público.”

Después de esa inclusión en el Código Penal Federal el proceso para que ocurriera lo propio en los códigos penales estatales fue largo. Paradójicamente Chihuahua fue uno de los últimos en incluir esta clasificación. Sí, el mismo Chihuahua donde se encuentra Ciudad Juárez, el de las muertas de Juárez, el del caso Campo algodonero. Ese mismo Chihuahua esperó hasta 2017 para reconocer este delito, como tal.

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Y aunque hoy es una realidad en las leyes mexicanas, lo cierto es que se estima que casi el 70% de los asesinatos de mujeres son clasificados como homicidios porque las autoridades no reconocen que hayan sido perpetrados por razones de género.

Aunque logramos que se le pusiera nombre a la máxima expresión de violencia hacia la mujer, lo cierto es que la mayoría de los casos no llegan a la “cima de la visibilización” y se pierden en esa espiral de ignominia, insensibilidad y violencia sistémica.

A las millones de mujeres que por siglos han soportado el terror al interior de sus casas, ahora se suman aquellas que viven el pavor en las calles, la agresión en las redes y todas, en conjunto, la indolencia de los otros.

Nueve mujeres son asesinadas todos los días en nuestro país. La tipificación no las defiende de la muerte violenta, pero sí permite que se sepa que las mataron por el hecho de ser mujeres.

Hoy el crimen por razón de género tiene nombre propio. Ojalá pronto tenga fin.

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