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Hoy tenía preparado un texto muy lindo sobre amor propio, pero en la mañana puse el noticiero y me rompí en dos al escuchar que una niña de siete años fue encontrada desnuda, muerta y con signos de tortura.

Los miedos de ayer…

¡Felicidades, vas a ser mamá! Cuando me enteré de mi embarazo, aunque fue planeado, pues “según yo” estaba preparada para ser madre, el miedo me paralizó. No me cayó el veinte de la decisión que había tomado y el gran paso que había dado hasta que los cambios, en todos los aspectos de mi vida, comenzaron a surgir.

Todos los días me miraba al espejo y la mayoría de las veces me deprimía con la transformación de mi cuerpo, un poco por las hormonas y otro más por los malestares que me acompañaron durante los nueve meses.

Sin embargo, eso era lo de menos, lo que de verdad me consumía eran las preguntas que todos los días invadían mi cabeza. ¿Seré una buena madre? ¿Si no sé qué quiere o qué le duele? ¿Si no puedo amamantar? ¿Si nace con alguna enfermedad? ¿Cómo sé que está respirando mientras duerme? ¿Si lo aplasto en la noche? ¿Si me quedo sin trabajo? Etcétera.

Eran como una plaga de ratas, primero llegaba una y luego otra, y otra, hasta que tomaban total control de mi mente. Así pasé mi embarazo, deprimida, llena de miedo e incertidumbre, y de ratitos, feliz. Lo bueno que según yo estaba lista para ser madre.

No, nunca estás preparada para ser mamá.

Puedes tener una idea de lo que viene, pero cuando ya estás en el barco te das cuenta de que no es ni la mitad de lo que imaginabas. Tus miedos se vuelven realidad, pero cuando tienes por primera vez a tu bebé en brazos y lo miras a los ojos, estás dispuesta a enfrentarlos y dar lo mejor de ti.

Los miedos de hoy…

Lo cierto es que los temores nunca se van, sólo cambian conforme pasa el tiempo, de acuerdo con las circunstancias. Que se lastime porque no mide el peligro, que se enferme de gravedad, que esté en una situación de riesgo, que sufra sin hallar consuelo, que no regrese a casa…

Hoy, la noticia de Fátima me sacudió, me hizo entender que la vida de una madre está llena de miedos y preocupaciones. Y, siendo mamá de una niña, me obligó a reconocer mi temor más grande: no volverla a ver.

La ola de violencia e inseguridad que impera actualmente, contra la mujer, me tiene profundamente triste y enojada, me hizo recordar con nostalgia los miedos en mi andar de madre y éste no se le compara. Es un dolor de estómago y un nudo en la garganta crónico, es llorar de repente y no saber por qué, es una impotencia que consume, porque como mamá das la vida por tu hija, pero cuándo no está contigo, ¿cómo la proteges?

Nadie tiene derecho a cortar las alas de nuestras hijas, a borrar su sonrisa, a tomar su vida como si fuera cualquier cosa, a dejar nuestros brazos vacíos.

¿Cuál es la solución? No la sé, no la encuentro. Lo que sí sé es que hoy las tenemos que abrazar, besar, amar y agradecer por tenerlas.

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