Me encanta caminar y trotar a primera hora de la mañana, pero por razones de trabajo dejé de hacerlo hace dos años. Solo cuando tengo un día libre, por trabajar el fin de semana, es que salgo corriendo al estadio a caminar, trotar, escuchar música y saludar a aquellos con quienes coincidí durante algún tiempo. Además de ver a los atletas corriendo en la pista o algún equipo de fútbol entrenando.

Tenía rato buscando una opción saludable de hacer ejercicio en algún momento de la tarde y que fuera al aire libre, ya que la idea del gym no me gusta mucho, porque me siento «encerrada». Sin embargo, mi hija Mariana (de 21 años) me insistió y fuimos a visitar gimnasios y averiguar precios. Pero no tomé decisión alguna, porque no quedé convencida.

Y de la nada surgió una opción. Antonella, una de sus amigas, le comentó que estaba haciendo crossfit en un club cercano a donde residimos. Le pregunté si asistían maduritas como yo o solo era para jóvenes fitness (jajajajaja) y me aseguró que iba gente de todo tipo. Eso me animó bastante y fui yo, esta vez, quien tuvo que insistirle a mi hija para que fuéramos a ver qué tal nos iba.

¡Estamos listas!

El primer día que llegamos al club, mi hija vio unas tapas plásticas de colores, como las que usan los futbolistas en sus entrenamientos, y me dijo que «eso le recordaba a la clase de educación física del colegio». Estaba un poco escéptica ella y sé que me acompañó más bien para complacerme.

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Debo confesar que durante la hora que hicimos el entrenamiento ese primer día, mi mente solo estuvo centrada en cada movimiento que tenía que hacer. Sentí que me aislé de mis problemas y de la realidad en cada minuto que debía hacer el movimiento o ejercicio, mientras bajaban por mi frente las gotas de sudor.

Fue grandioso ese momento, me sentí estupenda durante una hora. Cuando el instructor gritó «hidratación», sentía que mi cuerpo no podía parar de seguir moviéndose al ritmo de la música que sonaba. Le dije a mi hija: «aquí puedo seguir con una bailoterapia». Finalmente, cerramos la clase con ejercicios de relajación y una oración.

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Llevo mes y medio asistiendo a mis clases de crossfit. Empiezan al caer la noche. En cada ejercicio que me permite mirar al cielo, veo aquellos puntitos brillantes en el firmamento. Y, como cada estrella lejana, me aferro con más fuerza y ahínco a aguantar los segundos de cada ejercicio que, a veces, pueden ser extenuantes.

Pero me he sentido mejor, más ligera y con más ganas de seguir asistiendo cada noche a esa jornada, aunque luego termine con dolor en las rodillas (ya he tenido que ponerme compresas de hielo varias veces).

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Lamento que la recomendación de ese lugar no llegara antes, pero agradezco que surgió en un momento importante para mí, que me ha permitido aliviar mis cargas y sentirme mejor, no solo en lo físico sino en lo emocional.

Quiéranse mucho, quiéranse siempre y busquen la manera y el motivo de sentirse mejor. No solo por ustedes, sino por quienes los rodean.

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