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Estamos tan obsesionadas con el celular que lo primero que hacemos cuando estamos enojadas, desesperadas, preocupadas, ansiosas, deprimidas… OK, también contentas, extasiadas y felices, pero lo primero que la mayoría hacemos cuando estamos presas de la ira o la tristeza es manifestar nuestra emoción en las redes sociales.

Pareciera que pensamos: “Si lo sé yo, que lo sepa el mundo, ¡estoy furiosa!”. Y digamos que esta clase de desahogo no es lo más recomendable.

Diversas experiencias a lo largo de mi vida me han enseñado que es un grave, espantoso y terrible error dejarse llevar por el calor del momento y expresar nuestro enojo en Facebook, Twitter, Instagram o (inserta aquí la red social de tu preferencia).

Es muy común y está mal, ¿por qué? Porque la cantidad de problemas en los que nos podemos meter no es proporcional al desahogo.

Todavía si el mencionado desahogo se quedara ahí, en nuestro muro de Facebook, la storie de Instagram o el feed de Twitter, OK… Pero desgraciadamente no sólo #LadyCoralina tiene amigas traicioneras. ¿Te acuerdas de ese caso? Por si las dudas, te dejo la nota aquí: Lady Carolina cancela boda.

La (cruel) realidad es todas tenemos gente que estará dispuesta a usar lo que escribimos en nuestra contra (¿te suenan los screenshots?). Sé que me oigo grinch, y me encantaría creer que estoy equivocada, pero después de tantas historias –propias y extrañas– honestamente no lo creo.

Lo que expresamos en la internetósfera puede ser visto por quien menos queremos, por más candados que le pongamos, así que C-U-I-D-A-D-O.

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En cuanto a la tristeza, el otro día platicaba con Pamela Jean, la experta en lenguaje persuasivo, y me decía que ya hay estudios que comprueban que cuando:
1) Uno está muy triste
2) Y se desahoga en redes sociales
3) Y no recibe la respuesta esperada…
… ¡el sentimiento de soledad y frustración incrementa!

Porque lo que necesita el ser humano es una persona que lo escuche y lo abrace, me explicaba; no un celular, por muy iPhone 11 que sea. Lo que en el fondo anhelamos es empatía real, no virtual. 

La pregunta entonces sería: en pleno siglo 21, cuando estamos más conectados entre todos que nunca, ¿tenemos menos amigos “físicos” a los que llamar en momentos de turbulencia? ¿O este fenómeno tiene más que ver con la inmediatez del desahogo y el deseo de que “todos se enteren”, creyendo que entre más oídos para escuchar nuestro problema tengamos más posibilidades tenemos de solucionarlo?  

Insisto. A poco no has leído status o posts que te han dejado pensando: Y si acaban de pegarle a tu hija/ asaltar a tu marido/ robarle el perrito a la vecina/ correr a tu amigo del trabajo, ¡¿qué haces escribiendo en Facebook?!

Porque lo válido y quizá hasta lo sano sería, una vez pasada la emoción, comentarla “para que a nadie le pase” o “estemos alertas” o “si sabemos de algo, avisemos”. Pero la realidad es que usualmente esos mensajes están escritos con las vísceras… and we can tell.

¿Cómo ponerle solución al que recién he bautizado como Síndrome DERS (Desahogo En Redes Sociales)?

Lo primero es soltar el celular.

Hay que meterlo en la cajuela, en el cajón del escritorio bajo llave, dárselo a la persona que más confianza le tengamos, qué se yo… El punto es desposeernos del artefacto. Obvio la computadora –si tenemos una a la mano– está incluida.

Lo segundo sería inhalar y exhalar 10, 20 o 50 veces, las que hagan falta.

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Lo tercero que recomiendo es hacer tapping, una técnica que desbloquea puntos energéticos con golpecitos mientras se expresa en nuestras propias palabras –o palabrotas– aquella emoción terrible que se está experimentando.

Una vez que hayamos vuelto a nuestro color normal (dejando atrás el verde, rojo o amarillo) podemos volver a tomar el celular para llamarle a alguien. De preferencia a aquella amiga sabia o positiva que sabemos:
1) Nos tomará la llamada
2) Nos dedicará 10 minutos (o 50, ¿quién está contando?)
3) Nos escuchará cual monja tibetana
4) Nos pedirá permiso para aconsejarnos
5) Nos dirá algo que nos ayude a tranquilizarnos… Contrario a alguien que sólo nos dará volantín y contribuirá a que veamos las cosas aún más oscuras y negativas.

¿Sabes? Ahora que lo pienso, quizá ese es el problema:
1) Todos estamos muy ocupados
2) La mayoría prometemos devolver la llamada «tan pronto» podamos
3) Interrumpimos al que habla o simplemente le damos el avión
4) Ofrecemos consejo sin que sea requerido
5) Terminamos diciendo frases como “¡Ay, relájate, no es tan grave!” o “Aaaauugghhh, mugre vieja, pónchale la llanta” que en NADA ayudan a NADIE.

La solución, entonces, además de alejarnos del celular, sería escribir en hojas o una libreta que sea como nuestro confesionario particular de “Situaciones que me hacen enojar o me entristecen que es mejor reservarme para mí” o en dado caso “Anécdotas que me gustaría compartir cuando sea el momento oportuno”.

Y créeme, si te hierve la sangre o no puedes ver el teclado nítidamente a causa de las lágrimas, ese momento no ha llegado.  

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Cuando no estés en tus cinco sentidos, intercambia el celular por una libreta. Foto: Ylanite Koppens para Pexels


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