Por andar de desquehacerada…

Todo empezó con un inocente video de Luisito Comunica, donde se mete a Tinder con fotos de él pero versión mujer, gracias a Faceapp.

En menos de 3 horas, Luisita estaba fuera de la jugada. “¡¡Wow!!”, pensé para mis adentros, “bien por Tinder”, lo cual automáticamente le añadió a la aplicación de citas una etiqueta de seguridad en mi cerebro.

Siguiente escena: platico con una amiga y me cuenta que Tinder ha sido una aspirina emocional durante la cuarentena. “Te podría decir que he conocido puros chavos buena onda que literal lo único que buscamos es compañía, alguien con quien platicar… porque ‘más’ ahorita no se puede”. Soltamos unas carcajadas y ahí quedó.

Total un día, entre la renovada curiosidad (porque ya había usado esta app antes) y la cachondez, dije “me voy a meter a ver qué pasa”.

A los 45 minutos ya había hecho match como con 10.
“Nada mal”, me aplaudió mi ego.

De pronto, Ernesto Curiel…
Mmhhh, nada mal el muchacho.

Güero, de la Ibero, buen look… Casi de inmediato mudamos la conversación a Whatsapp.

Primera señal de alarma: el intenseo sexual. Una cosa es meterse a Tinder para ver a quién te echas al plato, y otra que creas que las chavas son pizzas que se entregan en menos de media hora. No sé…

He platicado con hombres acerca de esto e incluso ellos me han dicho que jamás es taaaaan rápida la cosa. ¡Osea mínimo la invitas a comer o a cenar!, y ya de ahí deciden si pueden y quieren que pase algo más.

Sí, Tinder es para conocer gente que quiere de todo, desde sólo sexo hasta una boda; pero incluso mis amigos hombres dicen que NO es un prostíbulo digital. O sea hasta en esto “hay niveles”.

Total, abierta como soy (de verdad que soy la versión femenina de Mr. Yes, ¿te acuerdas de la película de Jim Carrey?)… Bueno, pues accedí a conocer a Ernesto el domingo a las 4 pm.

Cuando noté que no había confirmación, creo que hasta gusto me dio.

La verdad no me súper latía la conversación en general.
Demasiada intensidad sexual, repito.

Y no sé, no sé, algo no me vibraba.

La cosa es que el lunes me escribió desde temprano para quedar en “coger”, y yo entre junta y junta sólo alcance a escribirle que el plan era ir a comer, y que si de ahí se daba algo más, pues cool, pero que si no, #sorrynotsorry.

Total, con algo de dolor de panza, le escribí a un amigo y le dije que estaba nerviosa, que no me latía el asunto, que este cuate estaba demasiado intenso, que si me moría pues ni quién se enterara (porque no era como le iba a avisar a mi mamá que me iba a ir a coger con un desconocido), y que entonces aprovechaba y le avisaba a él por si algo me pasaba… ¡Pero cero cool pensar así!, ¿estamos de acuerdo?

Total mi amigo, que tanto amo y adoro, me dijo: “¿Sabes qué? No me vibra. Pásame sus fotos”.

¡¡¡Y PÚMBALE!!!

“Bianca, ¡no vayas! Este cuate no es quien dice ser. Sus fotos son de un futbolista venezolano”. FYI: Christian Santos.

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Literal empecé a temblar. Te juro que casi se me salía el corazón. ¡¡¡Cuántos casos escuchamos todos los días de chavas desaparecidas!!! Y YO PUDE HABER SIDO UNA DE ELLAS.

Bendigo a mi amigo,
bendigo mi intuición
y bendigo a Google Images.

¿Qué aprendí con esta macabra lección?

Bueno, lo primero es que si estás muy caliente, la neta es más seguro comprar un vibrador.

Cris (la H. Editora de esta revista) hizo una reseña genial de los mejores, y si no sabes cómo usarlos (como yo), pues siempre está la mano amiga que no se raja, jijiji

Dos, y ya hablando (más) en serio: si el cuate en cuestión no tiene redes sociales, FOCO ROJO.

Yo sí lo había buscado en Facebook y no aparecía (cosa rara porque ¡de verdad!, el mundo es un pañuelo, nunca falta “el amigo en común”). También según esto había cerrado su Instagram “desde que se murió su papá”. ¡Pamplinas!

Si no tiene redes sociales o no te quiere aceptar en ellas (cosa que también me ha pasado), algo oculta (y créeme, no es un Mercedes o una casa en la playa).

Tres: ¡¡Yo no sabía que existía Google Images!! Pero es una ma-ra-vi-lla, no manches. Así que Googlea al sujeto en cuestión y corrobora que es quien dice ser.

Ahora bien, puede ser que su marca personal esté por los suelos, así que el paso 2 de esta verificación de identidad es una video-llamada. Sí, ya sé que nadie se ve bien en ellas, no importa. Asegúrate de que el dude con el que quedas de verte, existe, y que se ve como el de la foto.

Cuarto punto: siempre avísale a alguien dónde estás o estarás. Lugar, hora, coordenadas, fotos y celular del sujeto en cuestión, y hasta qué traes puesto.

Yo soy LA MÁS CONFIADA y neta, creo que me quedé a nada, literal a 20 minutos, de haber pasado un MUY MAL RATO, y eso si la contaba… ¿Cuántas mujeres hay en nuestro país que no viven para contarla? En serio, me siguen temblando las manos al escribir esto.

Quinto punto: reporta al tipo en cuestión en la aplicación.

Yo hice mi parte y levanté mi cyberdenuncia en Tinder. Espero que den de baja la cuenta rápido, pero aunque lo hicieran, este sujeto ya se la sabe y seguramente seguirá haciendo match con más chavas. Así que, Tinderellas del mundo, ¡¡¡AGUAS!!!

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Acuérdate:

  1. Búscalo en Redes Sociales
  2. Búscalo en Google Images
  3. Haz una video-llamada antes de verlo en persona
  4. Avísale a alguien dónde y con quién estarás
  5. ¡¡Hazle caso a tu intuición!! Si no te vibra es por algo.
  6. Reporta el perfil en la app (llámese Tinder, Bumble, etc.)
  7. Pásale el tip a tus amigas, ¡porque una nunca sabe! ¿Qué tal que está en otra app con otro nombre, pero con el mismo celular? (porque en Whatsapp sólo aparecía “Of” y su foto falsa, ni siquiera su nombre, aunque también fuera falso).

En fin. La verdad es que a mí se me quitaron las ganas de ligar, de coger y de salir; eliminé la aplicación y mejor me lancé a Mazatlán para desestresarme.

¡¡Hay que cuidarnos mucho!!

Pd. Si vives sola, NO LOS INVITES A TU CASA A LA PRIMERA. Puede ser mortal. Yo como no vivo sola nunca hago esto, pero soy tan confiada que capaz que lo haría. Entonces tú no lo hagas.

Pd2. ya no salí con él ni fui al punto de reunión. Simplemente le demostré que sabía que estaba mintiendo y lo bloqueé.

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